Dentro del currículo de Kobukan Kobudō Renmei, Takagi Yōshin Ryū Jūtaijutsu forma parte de las ryūha principales del linaje Takamatsu-den que se estudian bajo la dirección de James Wright Kancho, junto con Gyokko Ryū, Kotō Ryū, Kukishinden, Shinden Fudō Ryū, Asayama Ichiden Ryū y Togakure Ryū. La propia Kobukan describe su enseñanza como un trabajo basado inicialmente en el kata, respetando la transmisión de las formas, para posteriormente estudiar su funcionamiento mediante resistencia, variabilidad y randori estructurado.
En Takagi Yōshin Ryū esta manera de entrenar adquiere una importancia especial, porque muchas de sus acciones pueden parecer sorprendentemente sencillas cuando uke coopera y extraordinariamente difíciles cuando deja de hacerlo. Precisamente ahí encontramos una de las lecciones fundamentales de la escuela: si una técnica solamente funciona porque nuestro compañero conoce la kata y se coloca donde esperamos que se coloque, todavía tenemos mucho que estudiar.
Antes de hablar de técnica conviene saber qué tradición estamos estudiando
La historia de Takagi Yōshin Ryū merece tratarse con cierta prudencia, porque las distintas ramas derivadas de la tradición conservan versiones que no coinciden en todos sus detalles. Este es uno de esos casos en los que resulta preferible reconocer las diferencias documentales antes que repetir como hecho histórico una historia tradicional cuya cronología puede variar según el linaje consultado.
Existe, sin embargo, un núcleo histórico bastante consistente que sitúa el desarrollo de la tradición en el Japón del siglo XVII y relaciona su formación con Takagi Oriemon Shigetoshi, aunque la documentación de diferentes ramas presenta variantes respecto a los maestros anteriores, los nombres utilizados y algunos aspectos concretos de la transmisión. Incluso organizaciones actuales descendientes de este tronco histórico reconocen que existen versiones diferentes de los primeros años de la escuela y que algunas afirmaciones tradicionales no pueden confirmarse documentalmente.
La actual Hontai Yōshin Ryū, que constituye una línea histórica emparentada pero que no debe confundirse institucionalmente con la transmisión Takagi Yōshin Ryū practicada en Kobukan, conserva igualmente a Takagi Oriemon como figura fundacional y sitúa el establecimiento de la escuela alrededor de 1660.
Esta distinción es importante, porque cuando hablamos de Takagi Yōshin Ryū dentro de Kobukan no estamos afirmando que Kobukan represente a Hontai Yōshin Ryū ni que ambas organizaciones sean actualmente la misma escuela. Estamos hablando de la transmisión de Takagi Yōshin Ryū Jūtaijutsu dentro del linaje Takamatsu-den, que es la línea de estudio que forma parte del currículo de Kobukan.
Kobukan identifica expresamente Takagi Yōshin Ryū Jūtaijutsu —高木揚心流柔術— entre las ryūha principales que preserva dentro de ese linaje.
El significado del sauce se entiende mejor cuando alguien realmente nos empuja
Existe una imagen tradicional asociada al nombre Yōshin que probablemente muchos alumnos han escuchado antes de llegar a Takagi Yōshin Ryū: la del sauce que cede ante una carga que rompería una estructura rígida.
Es una buena imagen siempre que no la convirtamos en poesía vacía.
Cuando hablamos de flexibilidad en jūjutsu no estamos diciendo que debamos volvernos blandos, pasivos o débiles, ni que cualquier presión del adversario deba simplemente aceptarse. Estamos hablando de algo mucho más práctico: no ofrecer resistencia innecesaria en el lugar donde el adversario dispone de una ventaja mecánica clara y utilizar el movimiento que ya existe para modificar la situación.
Esto parece muy fácil cuando se explica verbalmente y bastante menos cuando alguien nos agarra con intención.
En cuanto sentimos fuerza, nuestra reacción natural suele ser hacer fuerza en dirección contraria. Si uke tira de nosotros, tiramos hacia atrás; si empuja, intentamos detenerlo; si controla nuestro brazo, tensamos inmediatamente el brazo. El problema es que, al reaccionar siempre de esta manera, entregamos al adversario precisamente aquello que necesita para sentir nuestra estructura.
Por eso en Takagi Yōshin Ryū tenemos que aprender a distinguir entre estructura y rigidez, porque son dos cosas completamente diferentes.
Una persona puede encontrarse perfectamente estructurada sin estar rígida, mientras que otra puede tener todos los músculos tensos y, sin embargo, estar muy mal colocada.
Esta diferencia se comprende con claridad en cuanto trabajamos con compañeros de pesos distintos. Frente a una persona de nuestra misma constitución podemos compensar bastantes errores utilizando fuerza muscular, pero cuando uke pesa veinte o treinta kilos más esas soluciones empiezan a desaparecer y la técnica nos obliga a encontrar otra respuesta.
En ese momento la ryūha comienza a enseñar de verdad.
No intentamos mover al adversario donde es más fuerte
Hay una costumbre muy común entre los alumnos que empiezan a trabajar jūjutsu: una vez que conocen el resultado final de la técnica, intentan llevar al compañero directamente hasta ese resultado.
Si saben que uke debe terminar en el suelo, intentan tirarlo al suelo.
Si saben que la técnica termina con un control articular, empiezan inmediatamente a forzar la articulación.
Si conocen una determinada dirección de proyección, intentan empujar al adversario hacia allí.
Pero el cuerpo humano se defiende bastante bien cuando percibe claramente hacia dónde queremos llevarlo.
Por eso una parte importante del estudio consiste en comprender que no siempre atacamos directamente el lugar donde queremos terminar.
Primero necesitamos modificar la estructura de uke.
Puede ser suficiente un pequeño cambio en su alineación, una modificación del ángulo de los pies, un desplazamiento de su centro o una reacción provocada por nuestra propia posición. Cuando eso ocurre, una técnica que antes exigía mucha fuerza puede empezar a resultar sorprendentemente ligera.
A los alumnos les digo a menudo que no intenten preguntarse solamente: «¿Cómo hago esta técnica?», sino que empiecen a preguntarse: «¿Qué tiene que ocurrirle al cuerpo de uke para que esta técnica sea posible?».
La segunda pregunta es bastante más útil.
Kuzushi no significa simplemente hacer perder el equilibrio
Aquí aparece naturalmente el concepto de kuzushi, que suele traducirse como desequilibrio y que muchas veces se entiende de manera demasiado superficial.
Cuando pensamos en desequilibrar a alguien solemos imaginar una persona inclinándose tanto que está a punto de caer, pero podemos haber alterado su capacidad de reaccionar mucho antes de llegar a ese punto.
Una persona puede continuar aparentemente erguida mientras su estructura ya se ha vuelto desfavorable.
Quizá tiene demasiado peso sobre una pierna.
Quizá sus caderas han quedado orientadas en una dirección que dificulta el siguiente movimiento.
Quizá uno de sus hombros está comprometido.
Quizá necesita realizar un paso adicional antes de poder recuperar una posición útil.
Todo eso ya tiene valor.
Si esperamos hasta ver al adversario tambalearse de manera evidente para considerar que existe kuzushi, probablemente estamos buscando un efecto demasiado grande.
En Takagi Yōshin Ryū interesa especialmente aprender a sentir estas pequeñas modificaciones porque permiten que el control aparezca antes de que uke tenga tiempo de reorganizarse.
Con el tiempo uno empieza a notar que muchas buenas técnicas parecen producir muy poco movimiento.
Desde fuera incluso pueden resultar menos impresionantes.
Pero cuando somos uke la sensación es completamente diferente, porque descubrimos que no encontramos un lugar cómodo desde el cual recuperar nuestra estructura.
El trabajo cercano cambia completamente la manera de utilizar el cuerpo
La propia Kobukan utiliza Takagi Yōshin Ryū como ejemplo de una tradición de jūjutsu refinada para situaciones de distancia cercana, incluyendo contextos interiores o formales en los que recurrir inmediatamente a una espada podía no ser una opción apropiada.
Conviene interpretar esto correctamente.
No significa que cada kata de la escuela represente literalmente una pelea dentro de un castillo, ni que debamos inventar una historia concreta para cada movimiento. Significa que podemos reconocer una lógica táctica muy clara en un sistema donde la capacidad de controlar a otra persona desde una distancia reducida tiene una importancia considerable.
Y la corta distancia cambia muchas cosas.
Cuando estamos lejos podemos utilizar desplazamientos más amplios y tenemos más tiempo para percibir determinados ataques. Cuando el adversario ya nos está agarrando, empujando o intentando controlar, el margen disponible es mucho menor y tenemos que aprender a trabajar sin necesitar grandes preparaciones.
Eso obliga a eliminar movimientos innecesarios.
Si para realizar una técnica necesito primero recolocar los pies de manera evidente, preparar los brazos, cambiar el agarre y después iniciar la acción, estoy ofreciendo demasiada información y demasiado tiempo.
Por eso, cuando enseñamos estas formas, una de las cosas que buscamos progresivamente es que las distintas fases dejen de parecer piezas independientes.
El desplazamiento empieza a crear el desequilibrio.
El desequilibrio genera el control.
El control conduce al derribo.
No debería sentirse como una sucesión de técnicas diferentes.
La postura alta no significa quedarse vertical como una tabla
Otra característica que suele asociarse al trabajo de Takagi Yōshin Ryū es la utilización de una posición corporal relativamente erguida, algo que también puede observarse en ramas históricamente relacionadas con esta tradición.
Esto tampoco debería interpretarse de forma exagerada.
Mantener una estructura relativamente alta no significa estar rígido, levantar el centro innecesariamente ni negarse a modificar el nivel cuando la técnica lo requiere.
La cuestión es otra.
Cuando descendemos demasiado el cuerpo sin una necesidad concreta, muchas veces reducimos nuestra capacidad de desplazarnos inmediatamente. Podemos sentirnos muy fuertes durante unos segundos, pero esa fortaleza puede convertirse rápidamente en una limitación si necesitamos cambiar de dirección.
En el trabajo cercano quiero que los alumnos puedan mantener una estructura desde la cual todavía sea posible caminar.
Esta idea parece elemental, pero cambia mucho la manera de ejecutar determinadas proyecciones.
En lugar de construir una posición enorme para levantar o arrastrar al adversario, intentamos que el propio desplazamiento del cuerpo genere el resultado.
Cuando los pies siguen funcionando, muchas cosas se vuelven más sencillas.
No queremos levantar a uke
Hay una diferencia importante entre proyectar a alguien y levantarlo para después dejarlo caer.
Los alumnos con bastante fuerza física pueden tardar algún tiempo en notar esta diferencia porque consiguen resultados a pesar de sus errores.
Cuando uke es más ligero, el practicante puede flexionar las piernas, cargar con él y realizar una proyección bastante convincente. El problema aparece cuando cambia el compañero.
Si la técnica depende de que yo pueda levantar el peso de uke, la técnica tiene un límite bastante evidente.
Por eso intento que el alumno busque otra sensación.
Antes de pensar en proyectar, debería conseguir que uke tenga dificultades para sostenerse cómodamente.
Una vez que la estructura está comprometida, la proyección deja de ser el comienzo de la técnica y pasa a ser su consecuencia.
Esto también cambia nuestra actitud durante el entrenamiento.
Dejamos de buscar el momento espectacular en el que el compañero cae y empezamos a prestar mucha más atención a lo que sucede dos segundos antes.
Normalmente ahí está la parte realmente interesante.
Las luxaciones no deberían convertirse en una competición contra la articulación
El mismo problema aparece con los controles articulares.
Una articulación tiene un límite físico y, naturalmente, podemos utilizarlo, pero convertir toda técnica en una competición para alcanzar ese límite mediante fuerza suele significar que estamos ignorando muchas de las posibilidades anteriores.
Cuando un control está correctamente conectado con la estructura corporal de uke, normalmente no afecta únicamente a una muñeca, a un codo o a un hombro.
La articulación sirve como punto de transmisión.
Lo que buscamos es que esa presión tenga consecuencias en el resto del cuerpo.
Si controlo una muñeca pero uke puede caminar libremente, girarse, golpearme con la otra mano y reorganizar su postura sin dificultad, quizá tenga su muñeca pero todavía no tengo demasiado control sobre la situación.
Por el contrario, un movimiento mucho más pequeño puede ser suficiente si consigue modificar su columna, desplazar su centro y obligarle a mover los pies de la manera que nosotros necesitamos.
Este es uno de esos aspectos que un alumno puede memorizar técnicamente y, sin embargo, tardar bastante tiempo en sentir.
Las manos hacen algo aparentemente parecido, pero el resultado cambia completamente dependiendo de cómo se conecta esa acción con el cuerpo.
Hay que dejar de mirar solamente las manos
Cuando una técnica contiene un agarre o una luxación es muy fácil concentrar toda la atención precisamente allí.
Observamos la mano del instructor, intentamos copiar la posición de los dedos y después pasamos varios minutos intentando colocar nuestra mano exactamente de la misma manera.
Naturalmente, los detalles del agarre importan.
Pero muchas veces la razón por la cual el instructor obtiene un resultado diferente no se encuentra en los dedos.
Está en los pies.
O en la cadera.
O en el ángulo desde el que está actuando.
Un día un alumno puede pasar varios minutos intentando corregir una luxación sin éxito y descubrir finalmente que el verdadero problema estaba en que se encontraba medio paso demasiado lejos.
Esto ocurre constantemente en jūjutsu.
Por eso, cuando una técnica no funciona, no debemos reaccionar inmediatamente aplicando más fuerza sobre la parte que estamos sujetando.
Primero conviene revisar nuestra posición.
¿Dónde están nuestros pies?
¿Dónde está el centro de uke?
¿En qué dirección puede moverse?
¿Estamos delante de su fuerza o hemos conseguido situarnos en un lugar menos favorable para él?
Esas preguntas suelen proporcionar mejores respuestas que apretar más.
El papel de uke es mucho más importante de lo que parece
En una ryūha basada en kata, uke tiene una responsabilidad considerable.
No está ahí simplemente para dejar que tori practique.
Tampoco debería convertir cada repetición en una competición para demostrar que la técnica no funciona.
Las dos actitudes perjudican el aprendizaje.
Si uke coopera hasta el punto de perder el equilibrio antes de que la técnica haya empezado, tori aprende una mentira.
Si uke bloquea deliberadamente cada fase utilizando información previa sobre la kata, tampoco está creando una situación útil para estudiar la forma.
Necesitamos una cooperación inteligente.
Durante las primeras repeticiones, uke proporciona el ataque o agarre correspondiente y permite que tori encuentre la estructura técnica. A medida que esa estructura mejora podemos introducir más peso, más presión y pequeñas variaciones que obliguen a comprobar si realmente hemos entendido lo que hacemos.
Este proceso encaja con el enfoque general declarado por Kobukan, en el que se distingue entre conservar la forma transmitida mediante densho dori y posteriormente someter sus principios a resistencia, presión y situaciones menos predecibles.
Para mí, ambas fases son necesarias.
Si eliminamos el kata demasiado pronto, el alumno improvisa sin haber adquirido todavía el lenguaje de la ryūha.
Si nunca abandonamos la cooperación completa, el alumno puede llegar a ejecutar una forma visualmente impecable sin descubrir qué partes de ella realmente controla.
Denshō dori: primero debemos saber qué estamos preservando
Uno de los aspectos que considero especialmente importantes en Kobukan es la distinción entre aquello que pertenece a la forma transmitida y aquello que nosotros hacemos después con ella.
Kobukan utiliza el término densho dori para referirse precisamente al respeto por la estructura histórica de las técnicas tal como han sido transmitidas, diferenciándola de las interpretaciones y aplicaciones personales que cada practicante puede desarrollar posteriormente.
Esto evita una confusión bastante común.
Si cada instructor modifica una kata desde el primer momento porque considera que de otra manera sería más eficaz, después de varias generaciones ya nadie sabe qué pertenecía realmente a la ryūha y qué fue una modificación individual.
Eso no significa que no podamos experimentar.
Significa que debemos saber cuándo estamos haciendo una cosa y cuándo estamos haciendo la otra.
Primero quiero que mis alumnos conozcan la kata.
Después podemos preguntar qué ocurre si uke cambia la distancia, utiliza más fuerza, modifica el agarre o intenta recuperar su postura.
Pero cuando hacemos ese trabajo debemos ser suficientemente honestos para decir: «Ahora estamos estudiando una aplicación», en lugar de presentar cada variación como si formara parte originalmente del densho.
Para conservar una tradición viva necesitamos ambas cosas: memoria y experiencia.
La kata debe empezar a sentirse incómoda
Hay una fase inicial en la que aprender una kata consiste principalmente en recordar.
Qué mano.
Qué pie.
Qué dirección.
Qué control.
Qué final.
Eso es inevitable.
Pero con el tiempo la práctica debería empezar a plantear problemas menos cómodos.
¿Qué ocurre si uke es más alto?
¿Qué sucede cuando pesa mucho más?
¿Podemos continuar utilizando la misma estructura?
¿Estamos dependiendo de que permanezca inmóvil después del primer contacto?
¿La técnica necesita que nos entregue el brazo exactamente donde esperamos encontrarlo?
Cuando empezamos a formular estas preguntas, la kata se vuelve mucho más interesante.
A veces también resulta frustrante porque descubrimos que aquello que creíamos saber funcionaba únicamente dentro de unas condiciones muy concretas.
No considero eso un fracaso.
Es información.
Ahora sabemos dónde tenemos que trabajar.
La fuerza no es el enemigo
También conviene aclarar algo que en ocasiones se explica mal cuando hablamos de jūjutsu tradicional.
Decir que no debemos depender de la fuerza no significa que la fuerza no tenga valor.
Un practicante fuerte posee una ventaja física real.
Negarlo sería absurdo.
Si dos personas tienen exactamente el mismo nivel técnico y una de ellas es mucho más fuerte, esa diferencia importa.
El objetivo del jūjutsu no consiste en fingir que las capacidades físicas no existen, sino en evitar que nuestra técnica dependa exclusivamente de ellas.
Si además de utilizar correctamente el ángulo, la estructura y el timing somos fuertes, mejor.
Lo que no queremos es utilizar fuerza para ocultar una deficiencia técnica.
Esto es especialmente importante para los instructores porque tenemos que observar quién está realizando la técnica.
Una solución que funciona perfectamente para un hombre de noventa kilos puede no ser apropiada para una mujer de cincuenta y cinco.
Si el principio es bueno, deberíamos ser capaces de adaptar la ejecución a distintos cuerpos.
Ahí se comprueba si estamos enseñando solamente una forma externa o realmente estamos transmitiendo un método.
Shime, control y la responsabilidad de entrenar con precisión
En cualquier jūjutsu que incluya controles articulares, inmovilizaciones o acciones potencialmente lesivas, el compañero tiene que confiar en nosotros.
Esto no es ceremonial.
Es una necesidad práctica.
Cuanto mayor es el nivel técnico, menos sentido tiene demostrar cada movimiento llegando al límite de la articulación.
El instructor debe enseñar al alumno a reconocer el punto en el que ya existe control.
Uke, por su parte, tiene que aprender a comunicar cuándo ese límite se aproxima.
Sin esa colaboración no podemos estudiar seriamente.
Hay técnicas cuya aplicación completa provocaría una lesión antes de que pudiéramos «comprobar» si funcionan, de modo que parte de la madurez marcial consiste precisamente en saber cuándo ya disponemos de información suficiente.
Control no significa demostrar cuánto dolor podemos producir.
Significa ser capaces de producir una situación determinada y detenernos porque decidimos hacerlo.
El suelo no debería convertirse automáticamente en nuestro destino
Cuando trabajamos proyecciones existe una tendencia moderna a asumir que una vez que alguien cae debemos seguirlo inmediatamente al suelo.
Eso puede tener sentido en determinados sistemas deportivos o contextos de lucha, pero no debemos proyectar automáticamente esa lógica sobre todas las tradiciones clásicas de jūjutsu.
Kobukan señala, precisamente al explicar la diferencia entre jūjutsu tradicional y sistemas modernos, que algunas tradiciones desarrollaron una fuerte prioridad por mantener la capacidad de permanecer en pie, especialmente cuando el entorno podía incluir armas, más de un adversario o superficies desfavorables.
En Takagi Yōshin Ryū merece la pena prestar mucha atención a esta cuestión.
Cuando proyectamos no debemos caer nosotros simplemente porque uke cae.
Nuestro equilibrio después de la técnica importa.
Nuestra capacidad de observar el entorno importa.
La posibilidad de desplazarnos inmediatamente también importa.
Eso no significa que nunca podamos controlar desde el suelo, sino que no deberíamos perder nuestra movilidad sin una razón.
Una proyección excelente que termina colocándonos debajo del adversario quizá no sea tan excelente como parecía.
La distancia corta no elimina el maai
A veces se habla de maai principalmente cuando estudiamos armas, porque con un bō o una espada la distancia resulta muy evidente.
Sin embargo, en Takagi Yōshin Ryū el maai es igualmente importante, aunque trabajemos a pocos centímetros.
Existe una distancia adecuada para un control articular.
Existe otra para utilizar la cadera.
Existe una relación concreta desde la cual podemos afectar al centro del adversario sin que él pueda hacer lo mismo con facilidad.
Incluso dentro de un agarre, unos pocos centímetros pueden modificar completamente la técnica.
Por eso no debemos pensar que, una vez producido el contacto, la distancia deja de existir.
Sigue cambiando continuamente.
El alumno que empieza suele quedarse demasiado lejos e intenta solucionar el problema extendiendo los brazos.
Después aprende a acercarse.
Más adelante descubre que acercarse demasiado también puede limitar sus posibilidades.
Al final comprendemos que no existe una distancia universalmente correcta.
Existe la distancia adecuada para aquello que está sucediendo en ese momento.
Atemi no debería separarse artificialmente del control
Otro error frecuente en el estudio del jūjutsu consiste en tratar los golpes y las técnicas de control como dos categorías completamente separadas.
En una situación real, esa separación resulta artificial.
Un atemi puede modificar la postura, provocar una reacción, alterar la respiración o cambiar momentáneamente la atención del adversario, creando precisamente la oportunidad que necesitamos para controlar.
No necesitamos convertir el entrenamiento en una sucesión de golpes violentos para comprender esto.
Podemos estudiar la función manteniendo seguridad y control.
Lo importante es no olvidar por qué determinadas acciones aparecen dentro de una secuencia.
Cuando eliminamos sistemáticamente todo aquello que incomoda a uke, algunas técnicas empiezan misteriosamente a requerir cada vez más fuerza.
A veces no es que la proyección esté mal.
Simplemente hemos eliminado aquello que hacía posible la entrada.
La diferencia entre hacer caer y controlar
Hay una pregunta que suelo hacer cuando un alumno termina una técnica y uke está en el suelo: «¿Qué puedes hacer ahora?».
Muchas veces esa pregunta revela bastante.
El alumno ha conseguido proyectar, pero está de espaldas.
O tiene ambos brazos ocupados.
O uke puede levantarse inmediatamente.
O la distancia final permite que continúe atacando.
La caída no siempre significa que el problema haya terminado.
Por eso debemos mirar la técnica completa.
Cómo empieza.
Qué ocurre durante el desequilibrio.
Dónde termina uke.
Dónde terminamos nosotros.
Qué posibilidades conserva cada uno.
Esto evita que el entrenamiento se convierta en una búsqueda constante de proyecciones espectaculares.
Una caída grande puede ser técnicamente apropiada, pero también puede ser completamente innecesaria.
En algunas situaciones un cambio pequeño de posición proporciona más control que lanzar al compañero varios metros.
Cuando la técnica empieza a hacerse más pequeña
Algo que suele ocurrir después de muchos años de entrenamiento es que determinadas técnicas se vuelven menos visibles.
El principiante necesita movimientos relativamente grandes porque todavía está aprendiendo la dirección.
El practicante intermedio empieza a reducirlos.
El practicante con experiencia descubre que puede producir un resultado importante con una modificación muy pequeña.
Esto no sucede porque conozca un secreto escondido.
Sucede porque ha eliminado bastante movimiento innecesario.
Su pie llega antes.
El ángulo es mejor.
Reconoce el momento en el que uke comienza a perder estructura y actúa entonces, en lugar de intentar corregir la situación medio segundo después.
Desde fuera parece que hace menos.
Desde dentro, como uke, sentimos que tenemos menos posibilidades.
Ese es uno de los aspectos de Takagi Yōshin Ryū que más merece la pena perseguir.
No hacer más.
Hacer lo necesario.
Randori no significa abandonar la ryūha
Cuando introducimos trabajo más libre también debemos tener cuidado con otro extremo.
El alumno puede aprender unas kata de Takagi Yōshin Ryū y, en cuanto comienza el randori, olvidar absolutamente todo y volver a aquello que ya conocía antes.
Entonces aparece una cuestión interesante: ¿hemos aprendido realmente la ryūha o solamente podemos reproducirla cuando sabemos de antemano lo que ocurrirá?
El randori dentro de este contexto no debería entenderse como una competición para decidir quién gana.
Tiene una función diagnóstica.
Queremos comprobar qué partes del entrenamiento sobreviven cuando ya no conocemos exactamente el ataque.
¿Seguimos manteniendo la postura?
¿Recordamos utilizar ángulos?
¿Intentamos inmediatamente competir por fuerza?
¿Somos capaces de crear kuzushi sin que uke nos lo entregue?
Estas preguntas son mucho más importantes que contar cuántas veces hemos proyectado al compañero.
El enfoque de Kobukan sobre presión y randori está precisamente orientado a comprobar y refinar los principios aprendidos en kata sin sustituir la forma tradicional por improvisación permanente.
Por qué Takagi Yōshin Ryū merece estudiarse lentamente
Hay ryūha que impresionan desde el primer momento por sus golpes, sus desplazamientos o sus armas.
Takagi Yōshin Ryū puede resultar menos espectacular para quien observa desde fuera.
Pero precisamente por eso considero que es una escuela que recompensa especialmente al practicante paciente.
Cuanto más tiempo se trabaja, más atención prestamos a cosas que antes parecían pequeñas: cómo distribuimos nuestro peso, cuándo uke comienza a apoyarse en nosotros, qué ocurre cuando dejamos de resistir una fuerza y la acompañamos durante unos centímetros, cómo un cambio de ángulo transforma una luxación y por qué una proyección que parecía necesitar fuerza puede realizarse de repente con bastante menos esfuerzo.
Ese tipo de aprendizaje no llega acumulando veinte técnicas nuevas cada mes.
Llega repitiendo.
Y volviendo a repetir.
Pero no repitiendo de manera mecánica, sino comparando cada vez lo que hacemos con la respuesta real del compañero.
Lo que quiero que entienda un alumno de Kobukan
Cuando enseño Takagi Yōshin Ryū no espero que el alumno se convierta rápidamente en un especialista capaz de realizar todas las kata con velocidad.
Prefiero que empiece a desarrollar una forma concreta de observar el jūjutsu.
Quiero que deje de pensar que cada problema se resuelve añadiendo fuerza.
Quiero que entienda que la posición de sus pies puede ser más importante que la fuerza de sus manos.
Quiero que aprenda a reconocer el momento en el que uke todavía parece estable pero ya ha empezado a perder opciones.
Quiero que sea capaz de distinguir entre sujetar una articulación y controlar realmente a una persona.
Y quiero que comprenda que una kata no está terminada cuando puede recordar todos sus movimientos.
Cuando esas ideas empiezan a aparecer, la ryūha comienza a formar parte del practicante.
Takagi Yōshin Ryū dentro de Kobukan Kobudō Renmei
Dentro de Kobukan Kobudō Renmei, Takagi Yōshin Ryū Jūtaijutsu no se estudia de manera aislada, sino junto con otras ryūha que presentan problemas y soluciones diferentes. Gyokko Ryū obliga a observar el kosshijutsu y una determinada manera de organizar distancia y estructura; Kotō Ryū introduce otra lógica corporal; Kukishinden ofrece una relación muy profunda entre taijutsu y armas; Shinden Fudō Ryū vuelve a modificar nuestra percepción del cuerpo, mientras que Takagi Yōshin Ryū nos obliga a prestar una atención extraordinaria al control cercano, al kuzushi y a la capacidad de utilizar la estructura del adversario sin convertir cada intercambio en una competición de fuerza. Kobukan incluye todas estas tradiciones dentro del núcleo de su currículo Takamatsu-den.
La finalidad no debería ser conseguir que todas terminen pareciéndose entre sí.
Precisamente estudiamos diferentes ryūha porque cada una nos obliga a resolver problemas de una manera determinada.
Si después de varios años ejecutamos todas las técnicas con el mismo kamae, el mismo desplazamiento y la misma sensación, probablemente hayamos aprendido un estilo personal utilizando nombres diferentes en lugar de haber comprendido las características de cada transmisión.
Por eso debemos permitir que Takagi Yōshin Ryū nos enseñe su propia manera de trabajar.
No necesitamos adornarla con historias imposibles ni convertir cada movimiento en un supuesto secreto samurái. Tampoco necesitamos modernizar cada kata antes de haber entendido lo que contiene.
Tenemos suficiente trabajo intentando comprender cosas mucho más sencillas y, precisamente por ello, mucho más difíciles: cuándo movernos, dónde colocarnos, cómo romper la estructura sin romper la nuestra y cómo utilizar únicamente la fuerza que realmente necesitamos.
Después de años entrenando jūjutsu, estas preguntas no desaparecen.
Se vuelven más precisas.
Y quizá esa sea una de las razones por las que sigo considerando Takagi Yōshin Ryū Jūtaijutsu una parte tan valiosa del entrenamiento en Kobukan Kobudō Renmei, porque cada vez que creemos haber entendido una técnica y cambiamos de compañero, de velocidad o de intensidad, la escuela vuelve a hacernos la misma pregunta de una forma distinta: si el adversario ya no coopera como esperábamos, ¿seguimos intentando imponer nuestra técnica o somos capaces de sentir lo que realmente está ocurriendo?
Cuando empezamos a responder a esa pregunta con el cuerpo y no únicamente con palabras, comenzamos a entender por qué llevamos tanto tiempo repitiendo las mismas kata.






