Traducimos habitualmente reihō como etiqueta, cortesía o normas de comportamiento, aunque cualquiera de esas traducciones se queda algo corta cuando intentamos explicar su función dentro de un dōjō tradicional. No estamos hablando únicamente de saber cuándo hacer una reverencia ni de memorizar una serie de gestos japoneses para repetirlos antes y después de la clase. El reihō establece una manera de comportarnos dentro del entrenamiento y organiza la relación que mantenemos con el instructor, con nuestros compañeros, con el lugar donde practicamos y con las enseñanzas que estamos intentando aprender.

Kobukan Kobudō Renmei define su cultura precisamente alrededor de una combinación que considero importante: mantener la disciplina y la etiqueta propias de las artes marciales tradicionales japonesas, pero hacerlo dentro de un ambiente de entrenamiento respetuoso, abierto, colaborativo y libre de comportamientos basados en el ego. Esa combinación no es contradictoria. De hecho, cuando el reihō se comprende correctamente, una cosa debería conducir precisamente a la otra.

Como instructor, una de las cosas que intento explicar desde el principio es que nadie entra en el dōjō sabiendo comportarse exactamente como esperamos. Un alumno nuevo puede no saber cuándo saludar, dónde colocarse, cómo manejar un arma cuando no la está utilizando o de qué manera dirigirse a alguien con más experiencia. Eso se aprende igual que se aprende una caída o un kamae. Lo que sí espero desde el primer momento es una disposición correcta: observar, escuchar, respetar el espacio de los demás y comprender que hemos venido a aprender.

El reihō no comienza con la reverencia

Es frecuente asociar reihō inmediatamente con rei, la reverencia, porque es su manifestación más visible. Entramos en el área de práctica y saludamos, comenzamos la clase mediante un procedimiento determinado, saludamos al compañero antes de trabajar y volvemos a hacerlo cuando terminamos. Desde fuera, alguien podría pensar que la etiqueta consiste principalmente en eso.

Sería una interpretación demasiado superficial.

Una persona puede realizar una reverencia impecable y comportarse mal durante toda la clase. Puede inclinarse correctamente delante del instructor y después ignorar cada corrección que recibe. Puede saludar a su compañero y, treinta segundos después, aplicar una técnica sin ningún control porque quiere demostrar que puede hacerlo. Puede cumplir cada formalidad exterior y continuar entrenando únicamente para satisfacer su propio ego.

Para mí, eso significa que ha aprendido el movimiento del saludo, pero todavía no ha entendido reihō.

La reverencia tiene valor porque representa algo que debe continuar después de que volvemos a estar erguidos. Cuando saludo a mi compañero antes de comenzar una técnica estoy reconociendo que esa persona va a ayudarme a aprender y que yo tengo exactamente la misma responsabilidad hacia ella. Durante los minutos siguientes quizá tenga que golpearme, proyectarme, controlar una articulación o atacarme con un arma de entrenamiento, pero todo eso ocurre dentro de un acuerdo en el que ambos intentamos mejorar.

Por eso el saludo y la técnica no son dos partes desconectadas de la clase. El saludo establece la relación dentro de la cual la técnica puede practicarse correctamente.

Aprender a entrar en el dōjō

Después de tantos años entrenando, uno termina viendo una diferencia clara entre las personas que simplemente llegan a una clase y aquellas que realmente entran en el dōjō.

No me refiero a la puerta física.

Una persona puede atravesarla mientras continúa hablando por teléfono, deja su material en cualquier lugar, comienza una conversación mientras otros están entrenando y necesita varios minutos para darse cuenta de lo que está ocurriendo a su alrededor. Otra persona entra, observa, se prepara y en muy poco tiempo está mentalmente dentro del entrenamiento.

El reihō nos ayuda precisamente a realizar esa transición.

Todos llegamos al dōjō con algo en la cabeza. Hemos trabajado, conducido, discutido con alguien, recibido mensajes, tenido un día excelente o un día horrible. Nada de eso desaparece mágicamente porque nos pongamos un keikogi. Sin embargo, necesitamos crear una separación suficiente para poder prestar atención a lo que vamos a hacer.

Los pequeños procedimientos que rodean el comienzo del entrenamiento cumplen también esa función. Preparar correctamente el uniforme, colocar el material, entrar en el espacio de práctica, saludar y ocupar nuestro lugar son acciones sencillas, pero van desplazando nuestra atención desde aquello que ocurría fuera hacia aquello que está a punto de comenzar.

Cuando la clase empieza, necesitamos estar allí de verdad.

En una actividad en la que otra persona puede proyectarnos, aplicar una luxación o mover un arma de madera cerca de nuestra cabeza, esa capacidad para estar presente no es una cuestión filosófica. Tiene consecuencias muy prácticas.

Reihō y seguridad están mucho más relacionados de lo que parece

Cuando hablamos de etiqueta marcial solemos insistir en el respeto, pero quizá no siempre explicamos suficientemente su relación con la seguridad.

Buena parte del comportamiento correcto dentro de un dōjō tradicional contribuye directamente a que varias personas puedan entrenar al mismo tiempo sin hacerse daño innecesariamente.

Por ejemplo, cuando trabajamos con armas no podemos movernos por el dōjō como si lleváramos una botella de agua en la mano. Un rokushaku bō tiene aproximadamente 1,82 metros. Un bokken puede producir una lesión seria. Incluso un hanbō aparentemente sencillo puede convertirse en un problema si alguien gira sin mirar mientras otro compañero está pasando detrás.

Aprender a transportar el arma, saber dónde dejarla, comprobar el espacio antes de ejecutar una técnica y mantener atención sobre las personas que trabajan alrededor forma parte del comportamiento marcial.

No solemos pensar en estas cosas como técnicas.

Sin embargo, son habilidades.

En los Taikai oficiales de Kobukan, las normas publicadas incluyen expresamente requisitos sobre el estado de las armas, la prohibición de utilizar material roto o inseguro, la higiene, el uniforme limpio, el uso de calzado apropiado fuera del área de entrenamiento y el cuidado del espacio común. No son detalles decorativos; forman parte de las condiciones necesarias para realizar un entrenamiento serio y seguro.

Cuando un alumno deja un arma atravesada en una zona de paso, no considero que haya cometido simplemente una falta estética. Ha creado un riesgo.

Cuando alguien entrena con las uñas demasiado largas y araña al compañero durante un control, tampoco estamos ante una cuestión abstracta de tradición. Ha descuidado algo que podía afectar a otra persona.

Precisamente ahí encontramos una de las formas más útiles de entender el reihō: prestar suficiente atención a nuestro propio comportamiento para no obligar constantemente a los demás a pagar por nuestra falta de cuidado.

El compañero no es material de entrenamiento

Hay una frase que utilizo con frecuencia al enseñar porque resume una parte esencial de nuestra forma de trabajar: vuestro compañero os está prestando su cuerpo para que podáis aprender.

Conviene pensarlo seriamente.

Cuando practicamos una luxación, necesitamos una articulación real delante. Para aprender una proyección necesitamos a alguien que acepte ser desequilibrado y caer. Para estudiar distancia y timing necesitamos un ataque que venga de una persona y no únicamente del aire. Por tanto, nuestra evolución técnica depende continuamente de la cooperación de otras personas.

Eso crea una responsabilidad.

El compañero no es un muñeco sobre el que probamos lo que sabemos hacer.

Tampoco es un adversario al que debamos derrotar en cada repetición.

Durante determinados ejercicios puede existir resistencia, presión e incluso un trabajo considerablemente más libre, porque Kobukan no limita la práctica a la reproducción mecánica del kata y considera importante comprobar posteriormente la técnica bajo condiciones de presión e imprevisibilidad. Sin embargo, incluso en esas situaciones debe continuar existiendo una estructura de seguridad y respeto.

El problema aparece cuando alguien confunde intensidad con descontrol.

Podemos realizar una técnica con decisión sin destruir al compañero. Podemos atacar con intención sin intentar sorprenderlo deliberadamente fuera de las condiciones del ejercicio. Podemos aumentar la resistencia sin convertir una sesión de aprendizaje en una competición privada.

El practicante experimentado debería saber hacerlo mejor, no peor.

Cuando observo a alguien de nivel avanzado trabajando con un principiante, no me interesa ver cuántas veces puede dominarlo. Eso ya lo sabemos. Tiene más experiencia.

Lo que quiero observar es si puede proporcionarle un entrenamiento útil.

Uke también tiene responsabilidades

La responsabilidad tampoco recae exclusivamente sobre quien está realizando la técnica.

El papel de uke es fundamental y se aprende con el tiempo.

Un uke que se limita a extender un brazo sin intención y permanece completamente inmóvil después del ataque proporciona muy poca información al compañero. En el extremo contrario, alguien que decide bloquear cualquier movimiento para demostrar que la técnica “no funciona” tampoco está ayudando a estudiar aquello que se está enseñando.

Cada ejercicio tiene un propósito.

Si estamos aprendiendo por primera vez una kata, probablemente necesitamos una situación más controlada que permita comprender su estructura. Cuando esa estructura está establecida podemos aumentar velocidad, intención, variabilidad o resistencia, según lo que se esté trabajando.

El reihō aparece aquí de una manera muy concreta porque exige que cada persona entienda cuál es su función en ese momento.

No entrenamos únicamente para nosotros.

Cuando soy uke también estoy enseñando algo a mi compañero mediante la calidad de mi ataque, mi estructura, mi distancia y mi reacción.

Con los años se aprende que un buen uke puede acelerar enormemente el progreso de otra persona.

Y también se aprende que ser un buen uke requiere bastante más habilidad de lo que parece.

Escuchar una corrección también forma parte del entrenamiento

Existe otro aspecto del reihō que me parece especialmente importante y que no tiene nada que ver con saber realizar una reverencia.

Es la manera en que recibimos una corrección.

Todos hemos visto alguna vez a un alumno al que el instructor corrige una posición y cuya primera reacción consiste en explicar por qué la estaba haciendo así.

A veces la explicación puede ser interesante, pero normalmente llega demasiado pronto.

Cuando os corrijo algo durante una clase, no espero que aceptéis cada palabra como una verdad absoluta que nunca puede cuestionarse. Espero algo mucho más sencillo: probad primero aquello que os estoy indicando.

Hacedlo varias veces.

Sentid qué cambia.

Después podemos hablar.

La diferencia es importante porque estudiar una tradición exige cierta paciencia antes de emitir conclusiones.

Kobukan pone un énfasis claro en preservar el currículo y distinguir entre la forma transmitida y las adaptaciones o interpretaciones personales. Su planteamiento de densho dori parte precisamente de respetar la estructura recibida antes de introducir la experiencia personal en su aplicación.

Para un alumno que llega desde otra organización o desde otra arte marcial, esta cuestión puede ser especialmente difícil. Quizá lleva quince o veinte años haciendo una técnica de una determinada manera y ahora encuentra una versión diferente.

Su experiencia anterior no deja de tener valor.

Pero debe conceder a la nueva enseñanza el tiempo suficiente para entender por qué se hace así.

Si cada vez que encontramos algo diferente lo modificamos inmediatamente para que se parezca a aquello que ya sabemos, nunca aprenderemos realmente nada nuevo.

Esa capacidad para contener temporalmente nuestra opinión y estudiar primero lo que tenemos delante también forma parte del reihō.

Respeto al instructor no significa obediencia ciega

Conviene hablar claramente de este punto porque la tradición y la jerarquía han sido utilizadas a veces de forma muy deficiente dentro de las artes marciales.

En Kobukan existe una estructura de enseñanza. Hay un Kanchō, responsables regionales, instructores, responsables de grupos y alumnos con diferentes niveles de experiencia. Esa estructura es necesaria porque una transmisión técnica requiere referencias claras, especialmente cuando existe un currículo que debe mantenerse entre diferentes dōjō y grupos internacionales.

Sin embargo, una jerarquía técnica no convierte al instructor en una persona infalible.

El respeto no exige renunciar al criterio propio.

Tampoco significa aceptar humillaciones, comportamientos abusivos o cualquier ocurrencia simplemente porque provenga de alguien con un grado superior.

La documentación oficial de Kobukan expresa de manera bastante clara que su estructura tradicional pretende desarrollarse dentro de una cultura de apoyo, respeto y ausencia de ego, y que la jerarquía existe para sostener el aprendizaje, no para controlar personalmente a los miembros.

Como instructor, esa idea me parece esencial porque la autoridad dentro del dōjō viene acompañada de obligaciones.

Tengo que continuar entrenando.

Tengo que seguir aceptando correcciones.

Tengo que distinguir con claridad aquello que pertenece al currículo de aquello que pueda ser una interpretación personal.

Tengo que ser capaz de decir que no sé algo cuando realmente no lo sé.

Y tengo que recordar que dirigir una clase no me convierte en propietario de las personas que entrenan conmigo.

Si exigimos humildad a los alumnos y el instructor es incapaz de practicarla, tenemos un problema bastante evidente.

Senpai y kōhai: experiencia antes que privilegio

Algo parecido ocurre con la relación entre senpai y kōhai.

Estas palabras suelen traducirse como alumno senior y alumno junior, aunque la traducción puede llevar a interpretar la relación como una especie de sistema de privilegios.

Yo prefiero que nuestros alumnos la entiendan desde la responsabilidad.

Si llevas más tiempo entrenando, conoces mejor la dinámica del dōjō. Sabes cómo se organiza el material, conoces las normas básicas, has trabajado las técnicas que el principiante está viendo por primera vez y seguramente has cometido ya muchos de los errores que él está comenzando a cometer.

Por tanto, puedes ayudar.

Eso es lo importante.

El senpai no necesita recordar constantemente al kōhai que tiene más experiencia. Se nota en su comportamiento.

Si alguien nuevo no sabe dónde colocarse, le indica discretamente dónde hacerlo.

Si no recuerda una forma básica de etiqueta, se la explica sin ridiculizarlo.

Si ambos trabajan juntos, adapta la intensidad para que el entrenamiento resulte útil.

Y si el instructor está explicando, da ejemplo prestando atención.

No existe nada más contradictorio que un alumno avanzado exigiendo formalidad a los principiantes mientras él mismo interrumpe, habla o se comporta de manera descuidada porque considera que su grado le concede esa libertad.

Cuanto más tiempo llevamos entrenando, menos excusas tenemos para comportarnos mal.

El grado debería aumentar el reihō

Al principio toleramos muchos errores porque son parte natural del aprendizaje.

Un alumno que lleva dos semanas entrenando puede olvidar cuándo saludar, colocarse en el lugar equivocado o no conocer todavía la forma correcta de manejar determinado material. Lo corregimos y continuamos.

No hay ningún problema.

Después de varios años, esperamos algo diferente.

No porque queramos convertir el dōjō en un lugar rígido, sino porque el practicante avanzado ya sabe que los demás lo observan.

Un cinturón negro enseña incluso cuando no está dando clase.

Su manera de prepararse, de trabajar con los principiantes, de recibir una corrección, de controlar una técnica y de manejar las armas está mostrando continuamente qué tipo de comportamiento considera normal la organización.

Por esa razón nunca he entendido el grado únicamente como una medida de conocimiento técnico.

Un practicante puede conocer muchas kata y seguir siendo una mala influencia dentro del dōjō.

Kobukan establece expresamente que la progresión debe reflejar esfuerzo, capacidad técnica y carácter, y exige a los responsables de grupos e instructores mantener entornos de entrenamiento apropiados, respetuosos y alineados con los estándares de la organización.

Cuanto más alto llegamos, más responsabilidad tenemos sobre el ambiente en el que entrenan los demás.

Cuidar el dōjō también es reihō

En ocasiones hablamos del dōjō como si su carácter dependiera del edificio.

No es así.

Podemos entrenar en una sala magnífica con suelo de madera, kamiza y todo perfectamente dispuesto y, sin embargo, tener un ambiente pésimo.

También podemos utilizar temporalmente un espacio bastante sencillo y mantener allí un entrenamiento serio.

El comportamiento de las personas convierte un espacio de práctica en algo más que una sala.

Por eso cuidar el lugar forma parte de la etiqueta.

Recoger aquello que hemos utilizado, mantener el área despejada, no caminar de manera descuidada sobre el material de otra persona, conservar la higiene y dejar el espacio preparado para quienes vendrán después parecen detalles menores hasta que nadie los hace.

Entonces se nota inmediatamente.

Kobukan exige a sus grupos y dōjō mantener un ambiente limpio, seguro y respetuoso, y esos tres términos están mucho más relacionados de lo que puede parecer.

La limpieza no es servidumbre.

Es responsabilidad compartida.

Si todos utilizamos el lugar, todos tenemos alguna responsabilidad sobre él.

El keikogi tampoco concede categoría

Algo parecido ocurre con la ropa de entrenamiento.

Un keikogi limpio y correctamente llevado forma parte de la consideración hacia el grupo. Entrenamos a poca distancia, agarramos la ropa del compañero, caemos sobre el mismo suelo y compartimos material, por lo que la higiene personal tiene una dimensión colectiva.

Los requisitos oficiales de los Taikai de Kobukan incluyen expresamente keikogi limpio, cuidado personal, uñas recortadas, retirada de joyas y tratamiento adecuado de heridas visibles.

No necesitamos buscar una interpretación filosófica complicada para entenderlo.

Nadie quiere trabajar durante hora y media agarrando un uniforme que lleva una semana sin lavarse.

Eso también es respeto.

Ahora bien, ponerse un keikogi no convierte automáticamente a nadie en budōka, igual que colocarse un cinturón negro no modifica el carácter de una persona.

La ropa identifica el contexto en el que estamos trabajando.

Lo que hagamos dentro de ella sigue dependiendo de nosotros.

La etiqueta con las armas merece especial atención

Cuando introducimos armas en la práctica, el reihō adquiere además una dimensión técnica.

Aprender cómo presentar, recibir, transportar y guardar un arma forma parte de su estudio porque nuestra relación con ella no comienza exclusivamente cuando ejecutamos una kata.

Un alumno que desarrolla mucha habilidad durante una técnica pero después arroja el bokken al suelo o pasa un bō por encima de la cabeza de otra persona sin mirar demuestra que todavía tiene una parte importante por aprender.

El arma debe estar bajo nuestro control desde que la cogemos hasta que volvemos a dejarla.

Esto resulta especialmente evidente con armas largas. Durante una clase de bōjutsu puedo estar trabajando correctamente con la persona que tengo delante y, al mismo tiempo, ser un peligro para alguien situado tres metros detrás si no controlo el extremo posterior del arma.

Por eso la conciencia espacial no se desconecta cuando termina una técnica.

Tampoco debemos manipular el arma de otra persona sin necesidad o tratar el material compartido como si fuera desechable.

No porque un bokken de madera posea alguna cualidad mística, sino porque es una herramienta de entrenamiento que alguien ha preparado, comprado y mantenido para poder estudiar.

Cuidar nuestras herramientas es una forma bastante básica de disciplina.

Reihō no significa convertir el dōjō en un teatro japonés

Este punto me parece especialmente importante cuando hablamos de artes marciales tradicionales fuera de Japón.

Preservar una tradición japonesa no significa intentar imitar superficialmente todos los comportamientos que asociamos con una película de samuráis.

El peligro existe porque la estética es fácil de copiar.

Podemos llenar una sala de kanji, utilizar muchas palabras japonesas y multiplicar el número de ceremonias sin haber mejorado absolutamente nada en nuestra comprensión de las artes que practicamos.

El reihō necesita contexto.

Determinadas formas de etiqueta dependen de la ryūha, del dōjō o del contexto concreto, y no todo el budō japonés utiliza exactamente los mismos procedimientos. Pretender que existe una única ceremonia universal e inmutable para todas las artes marciales japonesas sería históricamente incorrecto.

Lo importante dentro de Kobukan es aprender la forma de comportamiento que corresponde a nuestra práctica y entender por qué la utilizamos.

Una reverencia sencilla realizada con atención tiene más sentido que una ceremonia complejísima que nadie comprende.

La tradición se conserva mejor cuando conocemos aquello que estamos haciendo que cuando simplemente acumulamos elementos visuales.

Tampoco queremos un dōjō silencioso y desagradable

La otra equivocación consiste en pensar que un lugar tradicional debe ser permanentemente severo.

No comparto esa idea.

Entrenamos seriamente, pero eso no significa que no podamos disfrutar de la práctica, hacer preguntas, sonreír o desarrollar amistad con nuestros compañeros.

De hecho, la cultura que Kobukan declara oficialmente busca precisamente un ambiente de apoyo y comunidad junto con la disciplina tradicional.

La clave está en saber cuándo corresponde cada cosa.

Mientras se explica una técnica, escuchamos.

Cuando otra pareja está trabajando cerca, respetamos su espacio.

Cuando alguien necesita concentración, no lo distraemos.

Cuando termina la sesión, podemos hablar y compartir todo lo que queramos.

Esto no requiere rigidez.

Requiere sensibilidad hacia el contexto.

Un buen dōjō no debería producir alumnos que tienen miedo constante de equivocarse en una formalidad. Debería producir practicantes que, con el tiempo, saben comportarse correctamente sin necesidad de estar pensando a cada instante en una lista de normas.

Cuando eso ocurre, el reihō empieza a hacerse natural.

Shoshin y la capacidad de seguir aprendiendo

Existe además una relación estrecha entre la etiqueta y una cualidad que considero fundamental para cualquier practicante avanzado: conservar la capacidad de aprender.

Cuando alguien empieza, sabe que no sabe.

Pregunta.

Observa.

Intenta copiar.

Acepta que muchas cosas le resulten difíciles.

Curiosamente, después de algunos años puede aparecer un problema distinto. Ya tenemos experiencia suficiente para reconocer muchas técnicas y empezamos a anticipar aquello que el instructor va a explicar.

Entonces dejamos de escuchar con la misma atención.

“He visto esto.”

“Ya conozco esta kata.”

“Esto lo entrené hace años.”

Probablemente sea cierto.

Pero haber visto una técnica no significa haber agotado lo que puede enseñarnos.

Después de décadas de práctica he vuelto muchas veces a movimientos que conocía perfectamente en cuanto a su secuencia y he descubierto detalles que antes no estaba preparado para percibir.

El reihō también protege esa disposición.

Cuando alguien está enseñando, prestamos atención aunque conozcamos el nombre de la técnica.

Quizá la explicación de hoy contiene exactamente aquello que no vimos la vez anterior.

Cuando hacemos rei, ¿qué estamos diciendo realmente?

Al final volvemos a la reverencia porque, aunque no represente todo el reihō, lo resume bastante bien.

Cuando saludamos al comienzo de una sesión no estamos adorando al instructor.

Tampoco estamos representando una escena del Japón antiguo.

Estamos marcando conscientemente el comienzo de una relación de entrenamiento.

Cuando saludamos al compañero antes de una kata le estamos reconociendo como parte necesaria de nuestro aprendizaje.

Cuando saludamos al terminar, reconocemos que hemos podido entrenar gracias a su participación.

La forma exterior dura solamente unos segundos.

Lo importante ocurre después.

Si hago rei y acto seguido intento lesionar a mi compañero para demostrar superioridad, el gesto no significó nada.

Si saludo al instructor pero ignoro todo lo que explica, ocurre lo mismo.

Si respeto formalmente al alumno más avanzado y trato mal al principiante, tampoco he entendido demasiado.

Por eso, cuando enseñamos reihō dentro de Kobukan Kobudō Renmei, me interesa mucho más que el alumno comprenda el principio que conseguir una imitación perfecta durante la primera semana.

La precisión llegará con la práctica.

La actitud tiene que empezar desde el primer día.

Lo que espero de un alumno de Kobukan

No espero perfección.

Espero atención.

Espero que cuando alguien os esté explicando algo intentéis escuchar antes de responder.

Espero que trabajéis con vuestro compañero teniendo presente que mañana necesitaréis que él vuelva a entrenar con vosotros.

Espero que utilicéis las armas con la misma responsabilidad cuando termina la kata que cuando estáis ejecutándola.

Espero que cuidéis el lugar en el que practicáis porque también pertenece, mientras estamos allí, a todos los demás.

Espero que si tenéis más experiencia ayudéis a quien acaba de llegar sin utilizar esa experiencia para hacerle sentir inferior.

Y espero que cuando alcancéis un grado superior recordéis que el cinturón aumenta vuestras obligaciones mucho más de lo que aumenta vuestros privilegios.

Si conseguimos todo eso, la etiqueta empieza a cumplir realmente su función.

Ya no necesitamos pensar continuamente en “comportarnos de manera tradicional”, porque simplemente hemos aprendido a comportarnos correctamente dentro del contexto en el que estamos entrenando.

Reihō como parte de la transmisión

Kobukan Kobudō Renmei se ha definido desde su creación como una organización dedicada a preservar y transmitir artes tradicionales del Takamatsu-den manteniendo una distinción clara entre aquello que pertenece a la transmisión recibida y aquello que posteriormente puede desarrollarse mediante aplicación, investigación o experiencia personal. Esa transmisión no depende únicamente de recordar técnicas. También necesita un entorno en el que el conocimiento pueda pasar correctamente de una persona a otra.

Ahí es donde el reihō adquiere para mí una importancia que supera ampliamente la cuestión de los modales.

Sin atención no podemos recibir correctamente una enseñanza.

Sin respeto hacia el compañero no podemos practicarla durante años.

Sin disciplina no podemos repetirla el tiempo suficiente para comprenderla.

Sin humildad terminamos sustituyendo aquello que estamos estudiando por aquello que queremos demostrar.

Y sin responsabilidad del instructor la transmisión puede deformarse simplemente porque alguien empieza a considerar sus propias preferencias más importantes que el material que recibió.

Por tanto, el reihō no rodea la práctica.

Está dentro de ella.

Cuando un alumno aprende una kata está estudiando Kobudō, pero cuando aprende a escuchar, a controlar su fuerza, a cuidar al compañero, a recibir una corrección, a respetar el arma y a mantener el dōjō en condiciones también está estudiando Kobudō.

Separar ambas cosas tendría muy poco sentido.

Después de muchos años uno comprende que las técnicas más difíciles no siempre son aquellas que tienen más movimientos. A veces resulta mucho más difícil aprender a recibir una corrección sin buscar inmediatamente una excusa, permitir que otra persona tenga razón, controlar el ego cuando podemos dominar físicamente a alguien o seguir comportándonos como alumnos cuando llevamos un cinturón negro alrededor de la cintura.

Precisamente por eso seguimos practicando reihō desde el primer día hasta el último.

En Kobukan Kobudō Renmei, la etiqueta no existe para que nuestro entrenamiento parezca japonés, ni para crear distancia artificial entre grados, ni para convertir el dōjō en un lugar lleno de formalidades vacías. Su función es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más importante: crear las condiciones de respeto, atención, seguridad y responsabilidad que permiten que una tradición marcial pueda estudiarse seriamente y transmitirse de una generación de practicantes a la siguiente.

Cuando comprendemos eso, la reverencia deja de ser simplemente una inclinación del cuerpo.

Empieza a reflejar una forma de entrenar.