Esa impresión suele durar poco.

En cuanto uno empieza a trabajar seriamente con el bō descubre que su aparente sencillez no facilita las cosas. Más bien ocurre lo contrario. Un bastón largo deja bastante al descubierto cómo nos movemos. Si utilizamos solamente los brazos se nota. Si llegamos tarde con los pies también. Si nuestra postura se rompe durante un golpe, el propio recorrido del arma lo hace evidente. Y cuando intentamos compensar todo eso con fuerza, normalmente terminamos más cansados y con menos control.

Por eso, cuando enseñamos bōjutsu dentro de Kobukan Kobudō Renmei, no empezamos pensando en el bastón como un objeto separado del cuerpo. Lo primero que hay que entender es que el bō tiene que integrarse en el taijutsu del practicante.

He visto muchas veces a alumnos nuevos intentando mover un rokushaku bō como si estuvieran levantando una barra de gimnasio. Aprietan mucho las manos, tensan los hombros y, cuando quieren golpear con más potencia, simplemente hacen más fuerza. Es una reacción normal. El problema es que, con un arma de esta longitud, esa manera de trabajar termina siendo un freno.

Cuando el movimiento empieza a mejorar, la sensación cambia por completo. Los pies participan, la cadera acompaña, el cuerpo se desplaza como una unidad y las manos dejan de intentar hacerlo todo. El bō empieza entonces a moverse con mucha más facilidad.

Y ahí comienza realmente el estudio.

El rokushaku bō dentro de Kobukan

Dentro de Kobukan Kobudō Renmei, el trabajo con armas tradicionales forma parte del currículo y no se trata como algo añadido de vez en cuando a una clase de taijutsu.

Entre las disciplinas fundamentales de armas encontramos el hanbōjutsu, el bikenjutsu y el rokushaku bōjutsu. En este último caso, el programa inicial se desarrolla a través del Kukishin Ryū Rokushaku Bōjutsu, con una estructura concreta de estudio.

Esto es importante porque a veces se utiliza la palabra bōjutsu de una forma demasiado amplia. Cualquier serie de movimientos realizados con un bastón largo puede acabar recibiendo ese nombre, pero dentro de una tradición el asunto es diferente. Hay una forma determinada de colocar el cuerpo, de manejar la distancia, de recibir la acción del compañero y de desarrollar cada kata.

En Kobukan, el programa de Rokushaku Bōjutsu Shoden Menkyo incluye las Shoden Gata y las Sabaki Gata. Entre ellas encontramos formas como Chūdan Kangi, Gedan Kangi, Ihen Kangi, Jōdan Gogi, Ichimonji Gogi, Hira Ichimonji Gogi, Ichimonji Hakugi, Seigan Hakugi y Tenchijin Hakugi, además de las Sabaki Gata, donde aparecen Gohō, Ura Gohō, Sashiai, Funahari, Tsuru no Issoku, Ura Issoku, Suso Otoshi, Ura Suso Otoshi, Ippon Sugi, Taki Otoshi y Koku.

Ahora bien, tener una lista de kata delante no significa demasiado si no entendemos qué hacemos con ella.

En el dōjō nunca deberíamos trabajar con la mentalidad de ir tachando técnicas a medida que las memorizamos. Una kata no está terminada porque recordemos qué pie va delante o en qué momento cambia la posición de las manos. Eso es únicamente el principio.

Con los años se vuelve a las mismas formas y se descubren cosas que antes pasaban completamente desapercibidas.

Eso es normal.

El problema de utilizar solamente los brazos

Si tuviera que señalar uno de los errores más habituales cuando alguien empieza a entrenar bōjutsu, sería este.

Se intenta mover el arma con los brazos.

Podemos explicarlo muchas veces, pero el alumno necesita sentir la diferencia.

Imaginemos que queremos realizar un golpe potente. Si el cuerpo permanece prácticamente quieto y todo el esfuerzo sale de hombros, brazos y muñecas, el bō puede moverse, claro que sí, pero aparecerá enseguida una sensación de pesadez. Después de varias repeticiones los hombros empiezan a cargarse y el arma parece cada vez más difícil de controlar.

En cambio, cuando el desplazamiento de los pies, la rotación del cuerpo y el movimiento del arma forman parte de la misma acción, la situación cambia.

No estamos moviendo un bastón con los brazos.

Estamos utilizando el cuerpo para mover el arma.

Parece una diferencia pequeña cuando se explica con palabras, pero técnicamente es enorme.

Lo mismo sucede en taijutsu cuando un alumno intenta realizar una proyección tirando únicamente con los brazos. Puede funcionar contra alguien que colabora, pero en cuanto aparece más peso o resistencia el problema queda al descubierto.

Con el bō sucede exactamente lo mismo.

La longitud del arma amplifica nuestros errores.

Por eso es tan buen maestro.

La distancia se aprende de otra manera cuando hay un bō delante

Uno de los grandes beneficios del entrenamiento con rokushaku bō es que obliga a tomarse el maai en serio.

Cuando entrenamos sin armas, sobre todo al principio, es frecuente permitirnos ciertas licencias con la distancia. Entramos un poco tarde, quedamos demasiado cerca, corregimos con las manos y continuamos.

Con un arma larga, esos errores resultan mucho más evidentes.

Basta con observar a dos alumnos principiantes trabajando juntos. Uno cree estar fuera de alcance y, cuando el compañero extiende correctamente el bō, descubre que no lo está. Otro entra demasiado y se encuentra en una posición desde la cual ya no puede manejar bien su propia arma.

Eso enseña más que muchas explicaciones teóricas.

La distancia en artes marciales no consiste en medir centímetros entre dos personas. Cambia continuamente según la postura, el arma, el ángulo, la iniciativa y el movimiento.

Un pequeño cambio en los pies puede modificar completamente la situación.

Por esa razón el bōjutsu tiene una transferencia tan interesante hacia otras partes del entrenamiento. Quien empieza a comprender realmente la distancia con un rokushaku bō suele mirar después el taijutsu de otra manera.

Empieza a entender mejor por qué determinadas entradas funcionan y otras no.

Las manos no sujetan el bō siempre de la misma manera

Otro error que aparece muy pronto es agarrar el arma con demasiada fuerza.

Cuando tenemos delante algo que mide casi dos metros es lógico querer asegurarlo. El alumno aprieta las manos y piensa que así tendrá más control.

Sin embargo, ocurre lo contrario.

Si mantenemos una tensión constante resulta más difícil cambiar la posición de las manos, hacer deslizar el arma, modificar el ángulo o aprovechar su propia inercia.

Esto no significa sujetarla floja.

Significa aprender a variar la presión.

Hay momentos en los que necesitamos cerrar con más firmeza y otros en los que debemos permitir que el bō se mueva.

Es parecido a lo que ocurre al conducir. Nadie lleva el volante agarrado con toda la fuerza posible durante cada segundo del trayecto. Si lo hiciéramos, nuestros movimientos serían más torpes y reaccionaríamos peor.

Con el bō pasa algo parecido.

El practicante tiene que ir desarrollando sensibilidad en las manos. Saber cuándo una debe guiar, cuándo la otra debe impulsar, cuándo el arma necesita deslizarse y cuándo hay que fijarla.

Todo eso se aprende con muchas repeticiones.

No con teoría.

Los dos extremos son parte de la misma arma

Cuando alguien empieza, normalmente presta atención al extremo del bō con el que pretende golpear.

Es comprensible.

Pero el rokushaku bō tiene dos extremos y ambos están disponibles.

A medida que el nivel aumenta, esta idea empieza a cambiar la forma de trabajar. El alumno deja de ver el bastón como una especie de espada muy larga con una parte delantera y otra trasera.

Empieza a entender que todo el eje del arma es útil.

Un extremo puede atacar y el otro aparecer inmediatamente después. La posición de las manos puede cambiar. El centro del bō puede intervenir en el control. La longitud efectiva puede variar en función de cómo lo sujetemos y de la distancia a la que se encuentre el compañero.

Cuando se comprende esto, el bō deja de sentirse torpe.

Empieza a ser muy versátil.

Pero para llegar ahí hay que superar primero la necesidad de controlar cada movimiento de manera consciente.

Al principio pensamos demasiado.

Dónde pongo esta mano.

Qué pie muevo.

Qué extremo utilizo.

Dónde termino.

Con el tiempo todo eso debe ir integrándose.

Kamae no es posar con el arma

Otra cosa que corregimos con frecuencia es la idea de que un kamae es una postura fija.

El alumno se coloca en la posición que ha visto, comprueba los pies, coloca el bō en el ángulo correcto y piensa que ya está.

Exteriormente puede parecer bien.

Pero un kamae no existe únicamente para tener una forma bonita.

Tiene una función.

Desde esa posición podemos atacar determinadas líneas, proteger otras y condicionar lo que el adversario percibe delante de él.

Por eso, cuando trabajamos kamae con bō, no basta con copiar la forma exterior.

Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo desde esa posición.

¿Qué espacio estamos controlando?

¿Qué dejamos aparentemente abierto?

¿Qué movimiento podemos realizar sin necesitar una preparación innecesaria?

¿Dónde está nuestro equilibrio?

¿Dónde se encuentra el compañero en relación con nosotros?

En cuanto aparecen estas preguntas, el kamae deja de ser una fotografía.

Pasa a ser un momento dentro del movimiento.

El kata no se practica para conservar una coreografía

A veces se critica el trabajo tradicional de kata porque se observa solamente desde fuera.

Dos personas conocen una secuencia y la repiten.

Desde esa perspectiva puede parecer algo completamente preestablecido.

Pero quienes llevamos años trabajando de esta manera sabemos que el valor del kata no está en repetir una coreografía idéntica durante décadas.

Está en aprender a observar.

La primera vez que un alumno practica una kata necesita simplemente recordar el recorrido.

Eso ya ocupa toda su atención.

Un tiempo después empieza a fijarse en la distancia.

Más tarde se da cuenta de que estaba entrando demasiado pronto.

Después descubre que la forma funciona mucho mejor cuando el cuerpo llega antes que los brazos.

Otro día entiende que una posición que parecía defensiva está preparando en realidad la siguiente acción.

Y así sucesivamente.

He trabajado técnicas durante años y, al volver a ellas, sigo encontrando matices.

Eso no significa que antes estuvieran mal aprendidas.

Significa que nuestra capacidad de entenderlas cambia con la experiencia.

Por eso no tiene mucho sentido preguntar cuántas kata conoce una persona como si el número definiera su nivel.

La pregunta interesante es cuánto ha aprendido de ellas.

Las Shoden Gata

El término shoden suele traducirse como transmisión inicial.

Hay quien escucha “inicial” y piensa “básico”, como si se tratara de algo que se aprende rápidamente para pasar después a material más importante.

En una tradición esto suele ser un error.

Lo que aprendemos al principio es precisamente lo que sostendrá todo lo demás.

Si la estructura no es correcta en Shoden, los errores seguirán apareciendo en niveles posteriores, solo que estarán mejor disimulados.

Las Shoden Gata del programa de Kobukan sirven para establecer esa base.

Aquí se trabaja la relación entre postura, movimiento, arma, distancia y compañero.

Es una fase en la que conviene tener paciencia.

No hace falta correr.

He visto demasiadas veces alumnos preocupados por aprender la siguiente técnica cuando todavía no pueden realizar con estabilidad la anterior.

En artes marciales tradicionales, avanzar no significa acumular.

Significa poder hacer con naturalidad aquello que antes requería toda nuestra concentración.

Las Sabaki Gata

Las Sabaki Gata introducen otro aspecto especialmente interesante del trabajo.

La palabra sabaki suele traducirse de manera muy simple como evasión o movimiento, pero si nos quedamos ahí perdemos buena parte del sentido.

Sabaki implica saber gestionar la situación.

No basta con salir del ataque.

Tenemos que colocarnos en una posición desde la cual el problema sea más favorable para nosotros y menos favorable para el adversario.

Pongamos un ejemplo muy sencillo.

Si alguien ataca y nosotros damos un gran salto hacia atrás, probablemente hayamos evitado el golpe. Pero quizá también hayamos cedido completamente la distancia y perdido cualquier posibilidad de respuesta.

Técnicamente hemos evitado el ataque.

Marcialmente no necesariamente hemos resuelto la situación.

El sabaki bien trabajado cambia la relación.

Nos desplazamos, pero lo hacemos con un propósito.

Cambiamos el ángulo.

Hacemos que el compañero tenga que reajustar.

Controlamos una línea.

Entramos donde su arma trabaja peor o donde nuestra estructura resulta más favorable.

Ese tipo de comprensión se desarrolla lentamente.

Tsuru no Issoku y el valor de volver una y otra vez a la misma kata

Dentro de las Sabaki Gata encontramos Tsuru no Issoku.

No quiero convertir aquí una kata concreta en una explicación escrita de técnica, porque precisamente eso sería reducirla.

Lo importante es comprender cómo debería estudiarse.

Cuando un alumno aprende por primera vez una forma como Tsuru no Issoku, normalmente se preocupa por recordar el orden.

Después empezamos a corregir la distancia.

Más adelante trabajamos el momento de la entrada.

Luego aparece la coordinación entre cuerpo y arma.

Después empezamos a observar qué provoca una reacción determinada en el compañero.

Es frecuente que, meses o años más tarde, una corrección muy pequeña cambie completamente la sensación de la kata.

Ese momento es importante.

El alumno comprende que no necesitaba otra técnica.

Necesitaba entender mejor la que ya tenía.

El bōjutsu enseña a respetar la línea de ataque

Hay una diferencia psicológica interesante cuando entrenamos con armas.

Incluso utilizando material de entrenamiento y manteniendo siempre el control adecuado, el cuerpo percibe de otra manera un bō que se mueve hacia nosotros.

No solemos tener la misma tendencia a ignorar la línea de ataque.

La longitud del arma obliga a respetarla.

Eso educa la atención.

El practicante aprende a no entrar por cualquier sitio simplemente porque conoce la técnica que viene después.

Tiene que colocarse correctamente.

Esto es muy valioso porque el kata puede degenerar fácilmente si ambos practicantes se limitan a representar sus papeles.

Uno ataca porque sabe que tiene que atacar.

El otro responde porque sabe lo que viene.

Y entonces todo funciona.

Pero no queremos entrenar así.

Queremos mantener la sensación de que cada acción tiene una razón.

Uke debe atacar de forma correcta.

Tori debe responder a ese ataque, no a la memoria de la secuencia.

Cuando se trabaja de ese modo, incluso una kata que conocemos desde hace años sigue exigiendo atención.

La relación entre bōjutsu y taijutsu

En Kobukan no tiene mucho sentido separar completamente el trabajo armado del trabajo corporal.

Naturalmente, un bō impone una mecánica determinada. Una espada tiene otra. El hanbō plantea distancias diferentes.

Pero debajo de esas diferencias sigue estando nuestro cuerpo.

Si en taijutsu intentamos trabajar con la estructura completa y luego, al coger un bō, regresamos a los hombros y los brazos, algo no está bien integrado.

Lo mismo ocurre con los desplazamientos.

Las armas suelen revelar defectos del taijutsu que sin ellas pasan más desapercibidos.

Por eso me gusta especialmente que los alumnos entrenen diferentes disciplinas.

No para acumular armas.

Sino porque cada una les obliga a resolver el mismo cuerpo desde una perspectiva diferente.

El bō nos enseña mucho sobre distancia y estructura.

El hanbō cambia completamente esa relación por su menor longitud.

La espada introduce otras exigencias.

Y cuando todo empieza a conectarse, el alumno deja de tener la sensación de estar estudiando disciplinas aisladas.

Empieza a comprender un sistema de movimiento.

Primero aprender la forma, después poder apartarse de ella

Existe actualmente una tendencia a querer llegar cuanto antes a la aplicación libre.

Se escucha a veces que las kata son demasiado rígidas y que lo verdaderamente útil consiste en improvisar.

Yo lo veo de otra manera.

Improvisar sin una base técnica suele significar volver automáticamente a lo que nos resulta cómodo.

Y lo que nos resulta cómodo no siempre es lo más eficaz.

La kata obliga precisamente a salir de esos hábitos.

Nos coloca en situaciones y posiciones que quizá no elegiríamos de forma espontánea.

Nos hace aprender soluciones que no habrían aparecido por intuición.

Después, cuando esas herramientas ya forman parte de nosotros, podemos empezar a trabajar con mayor libertad.

Es como aprender un idioma.

Una persona no se vuelve mejor conversador por negarse a estudiar gramática.

Primero necesita vocabulario y estructura.

Después podrá expresarse con naturalidad.

En el bōjutsu ocurre algo parecido.

El manual oficial de Rokushaku Bōjutsu

Para acompañar este programa existe el libro oficial:

Kobukan Kukishin Ryu Rokushaku Bojutsu Shoden Menkyo, de James Wright Kancho.

El manual recoge el programa correspondiente al nivel Shoden del Kukishin Ryū Rokushaku Bōjutsu dentro de Kobukan Kobudō Renmei y sirve como referencia para el estudio de las Shoden Gata y Sabaki Gata del currículo.

Puede encontrarse en Amazon aquí:

Kobukan Kukishin Ryu Rokushaku Bojutsu Shoden Menkyo — James Wright Kancho

https://a.co/d/jiUh1LG

Para un alumno de Kobukan es un material especialmente útil porque permite revisar aquello que se ha trabajado en clase.

Y quiero insistir en ese punto: revisar.

Un libro no puede enseñar por sí solo bōjutsu de la misma manera que un manual de natación no enseña a nadar a alguien que nunca ha entrado en el agua.

Puede explicar.

Puede recordar.

Puede aportar referencias.

Puede ayudar a organizar lo aprendido.

Pero no puede corregir una distancia equivocada, notar que estamos tensando los hombros ni enseñarnos cómo se siente una técnica cuando el compañero cambia ligeramente la presión.

Eso ocurre en el dōjō.

El libro tiene mucho valor precisamente cuando se utiliza junto al entrenamiento.

Podemos volver a casa después de una clase, consultar una forma, recordar una corrección y regresar al siguiente keiko con una idea más clara de lo que queremos trabajar.

Ese es el uso inteligente de un manual técnico.

Cuando dejamos de pelear con el bō

Hay un momento en el aprendizaje que resulta fácil de reconocer.

Al principio el alumno pelea constantemente con el arma.

Quiere detenerla.

Volver a acelerarla.

Cambiarla de dirección mediante fuerza.

Controlar cada centímetro del recorrido.

Con el tiempo empieza a notar la inercia del bō y aprende a utilizarla.

No significa perder control.

Significa dejar de gastar energía luchando contra algo que nosotros mismos hemos puesto en movimiento.

Un golpe puede enlazarse con una recuperación.

Una recuperación puede convertirse en otro ataque.

El arma empieza a moverse de manera más continua.

Cuando observamos a alguien con experiencia, muchas veces da la impresión de que el bō pesa menos.

No pesa menos.

Lo que sucede es que esa persona ha dejado de hacer movimientos que sobran.

El bō como herramienta para descubrir nuestros defectos

Si tuviera que explicar por qué merece la pena estudiar rokushaku bōjutsu, no hablaría solamente de aprender a manejar un arma tradicional japonesa.

Eso sería quedarse corto.

El bō nos muestra cosas sobre nosotros mismos.

Nos enseña si sabemos mover el cuerpo como una unidad.

Nos obliga a entender mejor la distancia.

Revela cuándo utilizamos demasiada fuerza.

Nos hace conscientes de nuestros pies.

Nos enseña a observar el espacio que existe entre dos personas.

Y, sobre todo, exige paciencia.

No es una disciplina que se domine aprendiendo muchas técnicas rápidamente.

Una persona puede memorizar una secuencia en una tarde.

Convertirla en habilidad es otra cosa.

Para eso hacen falta repeticiones, correcciones, compañeros diferentes, días buenos y días en los que parece que todo vuelve a salir mal.

Así funciona el aprendizaje real.

El rokushaku bō dentro del camino de Kobukan

En Kobukan Kobudō Renmei, el Kukishin Ryū Rokushaku Bōjutsu se estudia como una disciplina con su propio currículo, su metodología y su progresión.

No necesitamos adornarlo.

No hace falta presentar el bō como un arma misteriosa ni convertir cada movimiento en un secreto.

Su riqueza aparece precisamente cuando se entrena.

Al principio aprendemos dónde colocar las manos.

Después empezamos a entender cómo mover el cuerpo.

Más adelante descubrimos que la distancia que creíamos conocer todavía no la comprendíamos bien.

Y, con años de práctica, seguimos volviendo a los mismos kata y encontramos detalles que antes ni siquiera veíamos.

Eso es una buena señal.

Cuando una disciplina tradicional está bien transmitida, no se agota después de aprender la secuencia.

Al contrario.

La secuencia es el punto de partida.

Por eso seguimos entrenando.

Y por eso, después de muchas horas con un rokushaku bō en las manos, uno termina comprendiendo que el verdadero objetivo nunca fue simplemente aprender a manejar un bastón largo.

El verdadero trabajo estaba en aprender a utilizar mejor el cuerpo, entender mejor al adversario y moverse con menos cosas innecesarias.

El bō solamente nos obliga a verlo.