Esa sensación de facilidad desaparece pronto.
El hanbō es corto, pero precisamente por eso obliga a trabajar en una distancia donde los errores empiezan a tener consecuencias inmediatas. Con un rokushaku bō todavía podemos utilizar la longitud del arma para mantener al compañero lejos. Con el hanbō estamos mucho más cerca. Entramos en una zona en la que pueden aparecer golpes, agarres, controles, luxaciones, desequilibrios y cambios continuos entre el uso del arma y el propio taijutsu.
Dentro de Kobukan Kobudō Renmei, el hanbōjutsu forma parte del núcleo inicial de formación con armas junto con el rokushaku bōjutsu y el bikenjutsu. El programa oficial describe el hanbō como un bastón de aproximadamente 90 centímetros y lo integra dentro del currículo Buki como una de las tres armas fundamentales sobre las que posteriormente puede construirse el estudio de otras armas tradicionales.
Pero limitar el hanbōjutsu a “pelear con un palo corto” sería no haber entendido prácticamente nada de lo que estamos trabajando.
El hanbō nos obliga a comprender el cuerpo.
Y eso es precisamente lo que lo hace tan interesante.
Un arma corta que exige mucho taijutsu
Cuando doy un hanbō a una persona que nunca lo ha utilizado, casi siempre sucede algo parecido. Lo agarra con fuerza y empieza a pensar inmediatamente en golpear.
Es normal.
Tenemos un objeto rígido en las manos y nuestra primera asociación es utilizarlo como instrumento de impacto. Pero si todo nuestro hanbōjutsu consiste en golpear más fuerte que el contrario, estamos desaprovechando buena parte de lo que el arma puede enseñarnos.
Muy pronto descubrimos que el hanbō puede utilizarse para golpear, naturalmente, pero también para modificar una estructura, controlar una articulación, crear una palanca, cambiar un ángulo, interferir en el equilibrio del compañero o mantener presión mientras nuestro cuerpo cambia de posición.
Entonces aparece una primera lección importante: el hanbō no sustituye al cuerpo.
Lo complementa.
Si nuestro taijutsu es deficiente, el hanbō no va a solucionarlo. Incluso puede hacer que el problema resulte más evidente.
Un alumno que intenta realizar un control exclusivamente con la fuerza de los brazos terminará haciendo exactamente lo mismo con el hanbō. Agarrará más fuerte, tirará más y probablemente pensará que la técnica necesita potencia.
Cuando aprende a colocar el cuerpo correctamente, todo empieza a cambiar. Ya no intenta vencer directamente la fuerza del compañero. Utiliza el desplazamiento, modifica la dirección de la presión, cambia el punto de apoyo y permite que la estructura del arma haga parte del trabajo.
Ahí el hanbō deja de ser simplemente un palo.
Empieza a convertirse en una herramienta de taijutsu.
El hanbō dentro del programa de Kobukan
Kobukan Kobudō Renmei incluye oficialmente el Hanbōjutsu Shoden Menkyo como una formación específica dentro de su currículo de armas. La documentación oficial de Kobukan presenta el hanbōjutsu como una de las tres primeras disciplinas de armas de la organización y señala específicamente su utilización en el estudio de defensas frente a arma blanca mediante el bastón corto.
El programa Shoden disponible en Kobukan University contiene material procedente de Kukishinden Happō Bikenjutsu y Kukishin Ryū Jōjutsu. En la formación digital avanzada se incluye además como material complementario un tercer sistema denominado Kuki Shobukyoku.
Conviene detenernos aquí porque este punto explica bastante bien cómo debe entenderse el entrenamiento.
No estamos hablando de aprender una colección moderna de defensas con un bastón de 90 centímetros. Existe un contenido organizado, una transmisión y una metodología determinada. El alumno aprende las formas y principios del currículo y, a partir de ellos, va desarrollando progresivamente capacidad para comprender qué ocurre realmente dentro de cada situación.
Ese proceso requiere tiempo.
Una kata puede aprenderse relativamente rápido en su forma externa. Recordar quién ataca, dónde colocamos el hanbō y cuál es el siguiente movimiento no suele ser la parte más difícil.
Lo difícil aparece después.
¿Por qué estamos entrando por ese ángulo?
¿Por qué el arma se coloca ahí y no diez centímetros más arriba?
¿Por qué la técnica funciona cuando utilizamos el cuerpo y deja de funcionar cuando intentamos tirar con los brazos?
¿Por qué una acción que parecía un bloqueo es en realidad una preparación para controlar la estructura del adversario?
Ahí comienza el estudio de verdad.
La distancia cambia completamente respecto al bō largo
Quien ha trabajado rokushaku bō y después toma un hanbō descubre inmediatamente que la relación con el compañero cambia.
El rokushaku bō nos permite trabajar desde una distancia considerable. Su longitud condiciona la entrada del adversario y nos obliga a entender grandes líneas de ataque.
Con el hanbō estamos mucho más cerca.
No tenemos el mismo margen.
La persona que tenemos delante puede alcanzarnos con sus manos, agarrarnos, golpearnos o intentar controlar nuestra arma. Eso significa que ya no podemos permitirnos pensar solamente en el hanbō.
Tenemos que pensar en el conjunto.
Sus manos.
Sus codos.
Sus hombros.
Su equilibrio.
Nuestro propio cuerpo.
La posición del arma.
Y el espacio que existe entre ambos.
Por eso el hanbōjutsu resulta muy útil para comprender el maai, pero de una manera diferente al bōjutsu.
Con el bō largo aprendemos con mucha claridad hasta dónde llega una línea de ataque.
Con el hanbō aprendemos lo que sucede cuando esa distancia se comprime.
Ahí es donde muchos movimientos se vuelven mucho más interesantes.
El hanbō no siempre tiene que estar delante
Otro hábito que aparece al principio consiste en colocar siempre el hanbō entre nosotros y el compañero.
El alumno piensa que, si tiene un arma, debe mantenerla constantemente delante.
No necesariamente.
Dependiendo de la situación, el arma puede trabajar desde diferentes posiciones y ángulos. Puede participar directamente en el contacto o mantenerse preparada mientras el cuerpo realiza otra función.
Esto tiene mucho que ver con algo que repetimos constantemente en taijutsu: no debemos quedarnos mirando únicamente aquello que queremos utilizar.
Si estamos obsesionados con el hanbō, dejamos de ver al adversario.
El arma es una parte de nuestra estructura, no el centro de todo lo que hacemos.
Hay momentos en los que el hanbō genera la acción y otros en los que simplemente acompaña una posición que hemos conseguido mediante desplazamiento.
Al principio cuesta bastante aceptar esto porque queremos “hacer técnicas de hanbō”.
Con la experiencia empezamos a preocuparnos menos por hacer una técnica reconocible y más por controlar correctamente la situación.
Es un cambio importante.
Golpear con hanbō
Por supuesto, el hanbō puede golpear.
Y puede hacerlo con mucha eficacia.
Pero aquí vuelve a aparecer el mismo problema que encontramos con cualquier otra arma: confundir potencia con esfuerzo muscular.
Un golpe de hanbō no debería consistir en tensar los hombros y lanzar los brazos con toda la fuerza posible.
Eso puede producir impacto, pero también hace que nuestro movimiento resulte más lento, visible y difícil de recuperar.
Lo interesante es conseguir que el golpe salga del desplazamiento corporal.
Los pies crean posición.
El cuerpo transmite movimiento.
Las manos orientan el arma.
Cuando esas tres partes trabajan juntas, el impacto cambia completamente.
Esto resulta especialmente evidente cuando se practica durante bastante tiempo. Hay personas físicamente fuertes cuyos golpes parecen pesados, pero que necesitan preparar demasiado el movimiento. Y hay practicantes aparentemente menos fuertes que generan una presión considerable porque toda su estructura llega al mismo tiempo.
Eso es lo que buscamos.
No añadir fuerza donde no hace falta.
Utilizar mejor la que ya tenemos.
No todo son golpes: presión, palanca y estructura
Aquí es donde el hanbō empieza a diferenciarse mucho de la imagen que suele tener una persona que nunca lo ha entrenado.
La longitud del arma permite crear palancas muy interesantes.
Pero debemos tener cuidado con la palabra “palanca”, porque puede hacer pensar que basta con colocar el hanbō contra una articulación y empujar.
No funciona así.
Si el compañero conserva una buena estructura y nosotros intentamos moverlo desde una posición desfavorable, necesitaremos mucha fuerza. Puede que consigamos algo durante una demostración lenta, pero la mecánica no será buena.
Antes tenemos que conseguir posición.
A veces eso significa mover nuestro cuerpo unos centímetros.
Otras veces significa cambiar la orientación del arma.
En otras situaciones necesitamos provocar primero una reacción.
Cuando hacemos eso correctamente, lo que parecía requerir mucha fuerza empieza a funcionar con bastante menos.
Esta es una de las razones por las que el hanbōjutsu resulta tan valioso para un estudiante de jūjutsu.
Hace muy visibles algunos principios que sin arma pueden tardar más en comprenderse.
Dónde está el punto de apoyo.
Dónde estamos aplicando la fuerza.
En qué dirección puede moverse el compañero.
Y dónde su propio cuerpo empieza a trabajar contra él.
El error de agarrar demasiado fuerte
Con el hanbō ocurre algo parecido al bō.
El principiante suele apretarlo demasiado.
Existe cierta inseguridad al principio. Tememos que el arma se mueva dentro de la mano o que el compañero pueda quitárnosla, así que respondemos sujetándola con toda la fuerza posible.
Esto produce precisamente el problema que intentábamos evitar.
La mano se vuelve rígida.
La muñeca pierde movilidad.
Los hombros acumulan tensión.
Y cada cambio de posición necesita más esfuerzo.
No buscamos una mano débil, naturalmente.
Buscamos una mano que pueda cambiar.
En determinados momentos necesitamos fijar el arma. En otros necesitamos permitir un pequeño desplazamiento dentro de la mano. A veces tenemos que cambiar la posición de agarre rápidamente.
Esta capacidad no aparece porque nos la expliquen.
Aparece después de muchas horas trabajando.
Llega un momento en el que la mano empieza a “escuchar” mejor.
Sabemos cuándo el compañero está ejerciendo presión.
Percibimos cuándo esa presión cambia.
Y podemos utilizar ese cambio en lugar de intentar imponer siempre nuestra fuerza.
Hanbō contra una amenaza de arma blanca
La propia presentación oficial de Kobukan destaca el trabajo de defensa frente a hoja utilizando el bastón corto dentro del estudio de hanbōjutsu.
Aquí conviene ser muy claros.
Trabajar contra un cuchillo durante una clase no convierte a nadie en invulnerable frente a un arma blanca.
Una hoja real es extremadamente peligrosa.
No existe una técnica que elimine ese riesgo.
Quien entrena seriamente debería comprender esto desde el principio.
Precisamente por eso el trabajo tradicional tiene valor cuando se practica con la actitud adecuada. Nos obliga a respetar la línea del arma, a controlar la distancia y a dejar de hacer entradas despreocupadas que quizá toleraríamos en otro tipo de práctica.
El hanbō proporciona alcance adicional y una herramienta para intervenir sobre la estructura del adversario, pero no elimina la necesidad de mover correctamente el cuerpo.
Si esperamos recibir el ataque y después intentamos “bloquearlo” con el bastón como si estuviéramos haciendo una fotografía, probablemente estamos entendiendo mal la situación.
Todo sucede en movimiento.
El atacante cambia.
Nosotros cambiamos.
La distancia cambia.
Una técnica debe aprenderse dentro de esa realidad.
Por eso tiene sentido comenzar mediante kata, donde podemos estudiar el problema de manera controlada, y posteriormente aumentar progresivamente la dificultad.
La propia metodología general de Kobukan establece ese proceso: primero se adquieren las formas conservadas en el currículo y posteriormente el entrenamiento avanza hacia trabajo con mayor resistencia y situaciones variables.
El hanbō también nos enseña qué hacer cuando nos agarran
Una de las características interesantes del arma corta es que la proximidad permite pasar muy rápidamente de una situación de golpe a una situación de agarre.
El compañero puede intentar controlar el hanbō.
Puede sujetarnos una muñeca.
Puede cerrar la distancia.
Y aquí es donde vuelven a encontrarse hanbōjutsu y taijutsu.
No debemos entrar en pánico porque hayan agarrado el arma.
Tampoco tenemos que iniciar automáticamente una competición para ver quién tira más fuerte.
Un agarre nos proporciona información.
Sabemos dónde está una mano del adversario.
Sabemos en qué dirección ejerce presión.
Y tenemos contacto físico con su estructura.
La pregunta es qué hacemos con esa información.
Aquí aparece una diferencia importante entre un principiante y alguien con más experiencia.
El principiante piensa: “Me ha agarrado”.
El practicante empieza a pensar: “Ahora sé exactamente dónde está”.
No es una cuestión filosófica.
Es una diferencia práctica en la manera de interpretar el contacto.
Golpe, control y proyección no deberían estar separados
Cuando aprendemos técnicas solemos dividirlas para poder estudiarlas.
Este es un golpe.
Esto es una luxación.
Esto es un desequilibrio.
Esto es una proyección.
Pedagógicamente tiene sentido.
Pero el combate no está organizado en capítulos.
Con el hanbō se aprende muy bien esta continuidad.
Un golpe puede provocar una reacción que permite entrar en control.
El control puede modificar el equilibrio.
Y esa modificación puede terminar en una proyección.
No siempre existe una frontera clara entre una cosa y otra.
A medida que el alumno adquiere experiencia, las técnicas empiezan a parecer menos separadas.
Esto ocurre también en taijutsu, pero el hanbō ayuda mucho a hacerlo visible porque nos proporciona puntos de contacto muy claros.
Cuando dejamos de pensar continuamente “ahora hago esta técnica”, el movimiento empieza a volverse más natural.
El peligro de enamorarse de la técnica
Hay otro error que conviene mencionar porque todos terminamos cayendo en él alguna vez.
Aprendemos una técnica que nos gusta especialmente y empezamos a buscarla en todas partes.
El problema es que el compañero no tiene ninguna obligación de colocarse exactamente donde nuestra técnica favorita funciona.
El hanbōjutsu debería enseñarnos lo contrario.
Observar primero.
Actuar después.
Si intentamos imponer una determinada palanca desde una posición incorrecta, seguramente tendremos que utilizar demasiada fuerza.
Si queremos realizar un golpe concreto pero el espacio no existe, estamos intentando obligar a la situación a adaptarse a nosotros.
Con experiencia ocurre algo diferente.
Empezamos a utilizar aquello que la situación ofrece.
Eso es mucho más difícil de enseñar que una secuencia.
Y por eso las kata son importantes.
Cada una nos presenta un problema diferente.
Cuando hemos trabajado suficiente variedad de problemas, empezamos a reconocer principios comunes.
Kata y repetición
Hay personas que se aburren rápidamente cuando repiten una kata.
Normalmente eso ocurre porque están repitiendo solamente el movimiento exterior.
Si sabemos que el compañero ataca de determinada manera, hacemos nuestra respuesta, llegamos al final y volvemos a comenzar sin preguntarnos nada, por supuesto termina siendo aburrido.
Pero podemos trabajar la misma forma durante años sin hacer exactamente el mismo entrenamiento.
Un día prestamos atención a los pies.
Otro al maai.
Otro al momento en que comenzamos a movernos.
Otro al ángulo del hanbō.
Otro a la reacción que estamos provocando.
El exterior de la kata sigue siendo reconocible, pero nuestra comprensión cambia.
Esto es algo difícil de explicar a un principiante porque al principio bastante tiene con recordar la secuencia.
No pasa nada.
Cada etapa tiene su trabajo.
El error sería creer que recordar la secuencia significa haber terminado.
Shoden no significa superficial
El primer nivel específico del programa de hanbō de Kobukan se denomina Shoden Menkyo. Kobukan dispone de formación y certificación propias para este nivel, y varios instructores afiliados aparecen oficialmente registrados con el grado de Kobukan Hanbojutsu Shoden Menkyo.
A veces la palabra shoden se interpreta como “lo básico” y, por tanto, como algo de poco valor.
No debería entenderse así.
Es la transmisión inicial.
Y lo inicial es precisamente aquello que más necesitamos revisar.
Cuando un alumno avanzado tiene un problema técnico, muchas veces no necesita aprender una técnica nueva.
Necesita volver a algo básico que no estaba completamente asentado.
Postura.
Distancia.
Ángulo.
Uso de la cadera.
Relajación.
Timing.
El nivel aumenta, pero esos elementos nunca desaparecen.
Simplemente se vuelven más difíciles de detectar.
El hanbō y los objetos cotidianos
A menudo se comenta que el hanbō tiene una aplicación interesante porque su tamaño se parece al de determinados objetos que pueden encontrarse fuera del dōjō.
Eso es cierto hasta cierto punto.
Un bastón, un paraguas resistente o determinados objetos alargados pueden compartir algunas características físicas con un hanbō.
Pero conviene no simplificar demasiado esta idea.
No entrenamos hanbōjutsu para memorizar una lista de objetos que un día podríamos utilizar.
Entrenamos principios.
Si hemos entendido cómo utilizar distancia, estructura, ángulo y control con un hanbō, tendremos mayores posibilidades de adaptar esos principios a otra herramienta de características semejantes.
Pero una escoba no se convierte mágicamente en un hanbō porque la sujetemos con las dos manos.
El peso cambia.
La resistencia cambia.
La longitud puede cambiar.
Incluso el material condiciona lo que podemos hacer.
Por eso el verdadero valor transferible no está en copiar exactamente una técnica.
Está en haber aprendido a adaptarnos.
El manual oficial de Hanbōjutsu Shoden Menkyo
Kobukan Kobudō Renmei dispone también de un manual específico para este programa:
Kobukan Hanbojutsu Shoden Menkyo, de James Wright Kancho.
La organización lo presenta como un texto independiente dedicado al sistema clásico de hanbō tal como se enseña dentro de Kobukan y lo incluye entre sus materiales oficiales de formación.
El libro está pensado como apoyo al estudio del nivel Shoden, no como sustituto de la instrucción directa.
Eso es importante.
Una fotografía puede enseñarnos dónde estaba el hanbō en un momento determinado.
No puede enseñarnos cuánto peso estaba colocando el practicante sobre él.
Un texto puede describir un movimiento.
No puede hacernos sentir cuándo el compañero pierde el equilibrio.
Un manual puede ayudarnos a recordar una kata.
No puede corregirnos cuando estamos utilizando los hombros en lugar de mover el cuerpo.
Por eso estos libros tienen mucho sentido dentro de una formación organizada.
Entrenamos una técnica.
Recibimos correcciones.
Después consultamos el material.
Volvemos al dōjō.
Y lo comprobamos nuevamente.
Así el libro se convierte en una herramienta útil.
No en un sustituto del maestro.
Kobukan Hanbojutsu Shoden Menkyo — James Wright Kancho
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Hanbōjutsu y taijutsu tienen que encontrarse
Probablemente este sea uno de los puntos más importantes de todo el entrenamiento.
Si al dejar el hanbō sobre el suelo nuestro cuerpo funciona de una manera completamente diferente, tenemos dos artes separadas.
Ese no debería ser el objetivo.
El arma tiene características propias y debemos respetarlas, pero nuestro taijutsu continúa ahí.
Los pies siguen teniendo que colocarnos correctamente.
La estructura sigue importando.
El equilibrio continúa siendo fundamental.
El adversario sigue teniendo dos brazos y dos piernas.
El hanbō nos proporciona posibilidades adicionales, pero no sustituye estas bases.
Cuando alguien empieza a comprenderlo se produce una transformación interesante.
Ya no necesita estar haciendo constantemente movimientos grandes con el arma para sentir que está practicando hanbōjutsu.
A veces una modificación pequeña de ángulo es suficiente.
Un paso correctamente realizado puede ser más importante que una técnica complicada.
Una presión sencilla puede producir más efecto que intentar forzar una luxación espectacular.
El trabajo se vuelve más sobrio.
Y normalmente también más eficaz.
Aprender a sentir antes de intentar dominar
Con los años, una de las cosas que más cambia es la manera en que utilizamos la fuerza.
Cuando somos principiantes queremos controlar.
Si el compañero empuja, empujamos más.
Si agarra, intentamos arrancar el arma de sus manos.
Si una técnica no entra, aumentamos la presión.
Después empezamos a descubrir que el contacto ya nos está dando información.
Si alguien empuja en una dirección, esa fuerza puede decirnos mucho sobre dónde está su equilibrio.
Si intenta recuperar el cuerpo, sabemos hacia dónde necesita moverse.
Si está concentrando toda su atención en el hanbō, quizá esté dejando otra parte de su estructura disponible.
Esto no significa que nunca utilicemos fuerza.
Las artes marciales no son magia.
Hay momentos en los que es necesario generar potencia.
Pero hay una diferencia enorme entre utilizar fuerza porque la situación la necesita y utilizarla porque no sabemos qué otra cosa hacer.
El hanbō es muy bueno mostrando esa diferencia.
No tener prisa
Una de las cosas que más cuesta transmitir actualmente es la paciencia.
Queremos resultados rápidos.
Queremos aprender muchas técnicas.
Queremos saber cuál es el siguiente nivel.
Pero el cuerpo no aprende a la misma velocidad que nuestra memoria.
Podemos entender intelectualmente una explicación en cinco minutos y tardar meses en hacerla aparecer correctamente durante el movimiento.
Eso no es un problema.
Es entrenamiento.
Con el hanbō sucede continuamente.
Al principio pensamos demasiado en las manos.
Después conseguimos mover mejor el cuerpo.
Más tarde descubrimos que nuestra distancia todavía era incorrecta.
Cuando mejoramos la distancia, empezamos a percibir problemas de timing que antes ni siquiera podíamos ver.
Cada respuesta abre otra pregunta.
Así debería ser.
El Hanbōjutsu dentro de Kobukan Kobudō Renmei
El hanbō ocupa una posición muy concreta dentro del entrenamiento de Kobukan Kobudō Renmei. Junto con el rokushaku bō y el biken, constituye una de las tres bases del currículo inicial de armas de la organización. Su estudio oficial se desarrolla mediante un programa propio de Hanbōjutsu Shoden Menkyo y se relaciona directamente con las tradiciones de Kukishinden Happō Bikenjutsu y Kukishin Ryū presentes en la transmisión de Kobukan.
Pero todo esto adquiere verdadero sentido solamente cuando cogemos el arma y entrenamos.
Entonces descubrimos que 90 centímetros de madera pueden enseñarnos mucho más de lo que imaginábamos.
Nos enseñan a estar cerca sin perder la estructura.
A golpear sin depender únicamente de los brazos.
A controlar sin empeñarnos en competir en fuerza.
A sentir dónde está el equilibrio del compañero.
A utilizar el arma y el cuerpo como una sola cosa.
Y, sobre todo, nos enseñan a no confundir saber una técnica con saber utilizarla.
Una kata puede memorizarse.
El hanbōjutsu tiene que entrenarse.
Después de suficientes años, uno termina viendo el hanbō de manera muy diferente a como lo veía el primer día. Ya no parece un simple bastón corto ni una versión reducida del bō. Tiene su propia distancia, sus propios problemas y una forma particular de obligarnos a comprender el combate próximo.
Y quizá ahí esté una de sus mayores virtudes dentro del entrenamiento de Kobukan.
Con el rokushaku bō aprendemos a gestionar el espacio antes de que el adversario llegue hasta nosotros.
Con el hanbō aprendemos qué hacer cuando ese espacio prácticamente ha desaparecido.
Cuando el compañero ya está cerca, cuando podemos tocarlo y él puede tocarnos, cuando el arma y el taijutsu empiezan a mezclarse y ya no tenemos tiempo para preparar movimientos grandes.
Es ahí donde el hanbō deja de ser simplemente un arma que llevamos en las manos.
Y empieza a formar parte de nuestra manera de movernos.






