La pregunta me parece completamente razonable. Al fin y al cabo, hablamos de artes marciales. Si una persona dedica años a aprender a desplazarse, golpear, proyectar, controlar articulaciones, escapar de agarres, trabajar el equilibrio y estudiar sistemas tradicionales de combate, es lógico que quiera saber hasta qué punto todo aquello puede servirle fuera del dōjō.
Mi respuesta es que sí, Kobukan Kobudō tiene una aplicación muy clara en defensa personal, pero probablemente no de la manera en que mucha gente entiende actualmente la expresión «defensa personal».
Durante muchos años se ha vendido la idea de que defenderse consiste en aprender un determinado número de técnicas: si me agarran de esta manera hago esto, si me lanzan un puñetazo hago aquello, si me sujetan por detrás realizo otra cosa. Se organizan cursos de diez técnicas, cursos de fin de semana, programas de seis semanas o sistemas que prometen que una persona estará preparada para defenderse después de dos o tres meses.
Personalmente tengo bastantes reservas ante este planteamiento.
Se pueden enseñar técnicas en poco tiempo. Se pueden enseñar conceptos básicos y se puede conseguir que una persona salga de un curso sabiendo bastante más que cuando entró. Eso es perfectamente posible y un buen curso puede ser muy útil. Lo que no considero serio es confundir ese aprendizaje inicial con haber adquirido una verdadera capacidad de defensa personal.
Porque conocer una técnica y ser capaz de utilizarla cuando alguien intenta realmente hacernos daño son dos cosas bastante diferentes.
Antes de hablar de técnicas hay que entender el problema
Cuando entrenamos en el dōjō sabemos que algo va a ocurrir. Tenemos ropa adecuada, disponemos de espacio, sabemos quién es nuestro compañero y normalmente conocemos aquello que estamos estudiando.
Incluso cuando hacemos un trabajo más libre continúa existiendo un contexto de entrenamiento. Ninguno de los dos quiere lesionar seriamente al otro y ambos conocemos unas reglas mínimas que permiten trabajar con cierta seguridad.
Fuera de ese entorno las cosas son bastante menos ordenadas.
Una agresión puede comenzar mientras estamos hablando. Alguien puede empujarnos antes de que comprendamos que existe realmente un problema. Podemos estar entre varias personas, en un bar, en unas escaleras, junto a una mesa o con una pared detrás. Puede haber una enorme diferencia de tamaño o de fuerza. Podemos creer que existe un solo agresor y descubrir demasiado tarde que tiene compañeros. Podemos estar cansados, lesionados o acompañados por alguien a quien también debemos proteger.
Ésta es la primera lección que conviene entender: la defensa personal no es una técnica, sino un problema que debemos aprender a gestionar.
La técnica solamente es una de las herramientas disponibles para resolverlo.
Por esta razón, cuando alguien me pregunta qué haría contra un determinado ataque, muchas veces la respuesta no empieza enseñándole dónde colocar la mano. Antes quiero saber dónde está, qué distancia existe, qué está haciendo la otra persona, si tiene posibilidad de salir, qué hay a su alrededor y cómo ha llegado hasta esa situación.
Todo eso también pertenece a la defensa personal.
Kobukan no enseña solamente a hacer técnicas
El currículo de Kobukan Kobudō empieza precisamente por elementos que a primera vista pueden parecer menos espectaculares que una técnica de defensa personal: kamae, desplazamientos, taihenjutsu, ukemi, formas de golpeo, liberaciones, control del cuerpo y principios de equilibrio.
Más adelante llegan las luxaciones, las proyecciones, los controles, las inmovilizaciones, los estrangulamientos y un estudio progresivamente más profundo de las distintas ryūha.
Esto tiene una lógica.
Podría enseñar a un alumno una luxación el primer día. Seguramente podría repetirla después de diez minutos. Incluso podría ejecutarla bastante bien sobre un compañero que le ofrece el brazo y espera pacientemente a que termine.
Pero todavía no sabe utilizarla.
Le falta reconocer la distancia. Le falta saber moverse cuando el otro se mueve. Todavía no sabe qué hacer si el brazo aparece en otro ángulo, si el compañero retira la mano, si empuja al mismo tiempo o si simplemente es mucho más fuerte.
Por eso insistimos tanto en el taijutsu.
Cuando hablamos de taijutsu no estamos hablando de una colección de técnicas de lucha sin armas. Estamos aprendiendo a utilizar el cuerpo entero. Cómo colocamos los pies, cómo desplazamos el peso, qué relación existe entre la cadera y los hombros, cómo mantenemos nuestra estructura mientras alteramos la del compañero y cómo nos movemos sin regalar nuestro equilibrio.
Con los principiantes se ve constantemente. Intentan solucionar casi todo con los brazos.
Si quieren proyectar, tiran con los brazos. Si quieren aplicar una luxación, aprietan con las manos. Si el compañero ofrece resistencia, utilizan todavía más fuerza.
Entonces les digo que paren.
No porque esté prohibido utilizar fuerza, sino porque si nuestra técnica depende de ser físicamente más fuertes que la persona que tenemos delante, tenemos un problema bastante serio desde el punto de vista de la defensa personal. Precisamente el día que realmente la necesitemos puede que la otra persona sea más grande, más joven o simplemente mucho más fuerte.
El trabajo consiste en aprender a utilizar el cuerpo de manera más inteligente.
La distancia suele resolver problemas antes que las manos
Hay alumnos que inicialmente no comprenden por qué dedicamos tanto tiempo al maai.
Quieren aprender técnicas. La distancia les parece algo demasiado elemental.
Después empiezan a descubrir que una gran parte de la técnica depende precisamente de ella.
Si estamos demasiado lejos, algunas acciones no llegan. Si estamos demasiado cerca, otras dejan de funcionar. Si permitimos que una persona entre hasta una distancia desde la que puede golpearnos cómodamente, le hemos concedido una ventaja antes incluso de que empiece la agresión.
Esto es muy fácil de observar en situaciones cotidianas.
Imaginemos que una discusión comienza a calentarse. Una persona levanta la voz y empieza a acercarse. Nosotros continuamos discutiendo y permanecemos exactamente donde estábamos. La otra persona da otro paso. Después otro.
Todavía nadie ha golpeado a nadie, pero la situación ya ha cambiado muchísimo.
Quizá al principio existían dos metros de separación y ahora tenemos a la persona a treinta centímetros de la cara.
Desde un punto de vista marcial hemos cometido varios errores sin haber realizado todavía una sola técnica.
Aprender a reconocer esa distancia, moverse sin provocar innecesariamente, colocar el cuerpo correctamente, mantener las manos en una posición razonable y conservar una posibilidad de salida son cosas mucho más valiosas que conocer una respuesta espectacular contra un puñetazo que ya ha llegado.
Con el tiempo esto empieza a formar parte de la manera de situarnos.
No tenemos que adoptar un kamae de aspecto marcial en mitad de una discusión. Sería absurdo en muchas circunstancias. Pero podemos mantener una estructura desde la cual podamos protegernos y movernos.
Ahí empezamos a entender que kamae es bastante más que una fotografía de una postura.
También hay que aprender a perder el equilibrio
Otra cosa que sorprende a algunos principiantes es la cantidad de tiempo que dedicamos a ukemi y taihenjutsu.
«Yo quiero aprender a defenderme, no a caer», pueden pensar.
Precisamente por eso hay que aprender a caer.
En una agresión nadie garantiza que permaneceremos de pie. Podemos tropezar con una silla, resbalar, recibir un empujón que no esperábamos o simplemente perder el equilibrio durante un forcejeo.
Una persona puede practicar durante meses golpes y luxaciones y hacerse una lesión seria en el primer segundo de una situación simplemente porque cae mal sobre una superficie dura.
El ukemi no convierte el suelo en un tatami y tampoco garantiza que una caída no produzca lesiones. Lo que hace es educar poco a poco el cuerpo para reaccionar mejor cuando pierde su estructura.
Eso requiere repetición.
Al principio pensamos la caída. Colocamos la mano, miramos dónde estamos, calculamos el movimiento y hacemos exactamente aquello que nos ha explicado el instructor.
Después de cientos y miles de repeticiones la respuesta cambia. Ya no necesitamos organizar conscientemente cada parte.
Éste es un buen ejemplo de por qué la defensa personal no puede reducirse a un curso rápido.
¿Por qué no se aprende defensa personal en seis semanas?
Quiero detenerme aquí porque considero que este punto es importante.
Actualmente encontramos publicidad de todo tipo: «aprende a defenderte en ocho semanas», «defensa personal efectiva en tres meses», «diez técnicas que pueden salvarte la vida».
Hay que distinguir entre una campaña publicitaria y la realidad del aprendizaje.
En unas semanas una persona puede aprender mucho. Puede comprender principios que antes desconocía, mejorar su postura, descubrir cómo proteger la cabeza, aprender una liberación sencilla, practicar un golpe básico o empezar a reconocer determinadas situaciones de peligro.
Todo eso tiene valor.
Lo que no puede asegurarse seriamente es que esa persona haya desarrollado en unas semanas una capacidad de defensa personal fiable.
¿Por qué?
Porque el primer problema es la automatización.
Cuando aprendemos cualquier habilidad física nueva, al principio necesitamos pensarla. Si enseñamos una luxación, el alumno recuerda que primero debe coger aquí, después girar de esta manera, mover el pie, colocar la cadera y finalmente aplicar la presión.
Mientras el compañero coopera dispone del tiempo necesario para hacerlo.
Una agresión no nos concede ese tiempo.
Cuando aparece presión necesitamos que las acciones básicas estén suficientemente incorporadas como para ejecutarlas sin depender de una larga conversación interna. Y eso solamente se consigue mediante práctica repetida.
No existe una explicación verbal capaz de sustituir cientos de repeticiones.
El segundo problema es que las personas no atacan todas de la misma manera.
Durante un curso podemos enseñar una defensa contra un agarre concreto. Pero cambia la altura de la persona, cambia la fuerza, cambia la mano, cambia la dirección del tirón y ya estamos delante de un problema ligeramente distinto.
Por eso un practicante necesita trabajar con muchas personas.
Un compañero alto nos enseña unas cosas. Uno bajo nos obliga a modificar otras. Una persona fuerte nos descubre inmediatamente dónde estamos dependiendo demasiado de nuestra fuerza. Un alumno flexible puede reaccionar de una manera y otro mucho más rígido puede hacerlo de forma completamente diferente.
No podemos adquirir esa experiencia en unas pocas tardes.
El tercer problema es la resistencia.
Durante la fase inicial necesitamos que el compañero coopere porque estamos aprendiendo. Esto es correcto. No se puede enseñar una mecánica nueva mientras la otra persona intenta impedirla con todas sus fuerzas.
Pero si nunca salimos de esa fase podemos crear una impresión falsa.
Nuestro compañero nos agarra, espera, realizamos la técnica y funciona perfectamente. Volvemos a empezar y vuelve a funcionar.
En algún momento el compañero tiene que empezar a dificultarnos las cosas.
Tiene que retirar el brazo, modificar su equilibrio, empujar, agarrar con más fuerza, cambiar la dirección o simplemente negarse a colaborar.
Entonces descubrimos qué parte de la técnica habíamos comprendido realmente.
Kobukan establece precisamente esa progresión: el estudio tradicional del kata constituye la base, pero el currículo oficial insiste también en avanzar hacia aplicación práctica, resistencia, randori y pressure testing. La propia organización señala expresamente que las formas deben comprenderse más allá de la repetición mecánica y aplicarse bajo condiciones cada vez menos previsibles.
El cuarto problema es el estrés.
En una clase estamos relativamente tranquilos. Cuando alguien nos ataca de verdad, nuestro organismo puede comportarse de manera muy diferente.
Puede aumentar la tensión muscular, podemos perder precisión, nuestra atención puede estrecharse y decisiones que parecían evidentes durante el entrenamiento pueden hacerse bastante menos claras.
Esto no es una teoría exclusivamente marcial. La investigación realizada con personal policial y militar muestra que el estrés puede modificar tanto la ejecución motora como la atención y la toma de decisiones. Incluso la investigación sobre entrenamiento policial de defensa personal muestra que trasladar habilidades a situaciones cambiantes bajo presión es bastante más complejo que aprender el movimiento en sí mismo.
Por eso debemos introducir presión progresivamente, siempre dentro de unos límites razonables de seguridad.
El quinto problema es quizás el más importante: saber una técnica no significa saber cuándo utilizarla.
Una persona puede memorizar perfectamente una proyección y emplearla en el peor momento posible.
Quizá tendría que haber retrocedido.
Quizá debería haber soltado al otro y marcharse.
Quizá se está concentrando tanto en controlar a una persona que no ve lo que está haciendo otra.
La defensa personal exige tomar decisiones, y la capacidad de decidir correctamente se desarrolla con experiencia, escenarios variados y una comprensión cada vez mayor de la situación.
Por último tenemos algo que se suele olvidar completamente en muchos cursos rápidos: las consecuencias.
En España la legítima defensa no significa que cualquier acción esté justificada simplemente porque alguien haya iniciado un conflicto. El artículo 20.4 del Código Penal establece, entre otros requisitos, la existencia de agresión ilegítima y la necesidad racional del medio utilizado para impedirla o repelerla.
Esto también debería formar parte de la educación de un artista marcial.
Hay que aprender a actuar, pero también a detenerse.
Entonces, ¿los cursos de defensa personal no sirven?
No he dicho eso.
Un buen curso puede ser muy útil, especialmente para personas sin experiencia. Puede enseñar prevención, posicionamiento, distancia, algunas respuestas sencillas y, quizás lo más importante, hacer que alguien tome conciencia de problemas en los que nunca había pensado.
Lo que debemos evitar es vender otra cosa.
Un curso es una introducción.
Puede proporcionar herramientas.
Puede abrir una puerta.
Puede incluso enseñar determinados movimientos relativamente rápido. Existe investigación, por ejemplo, en la que principiantes mejoraron notablemente la ejecución de dos acciones básicas de golpeo después de una sesión breve. Pero el propio diseño de ese tipo de estudios mide movimientos concretos y controlados, no la capacidad completa de resolver una agresión imprevisible. Aprender rápidamente la mecánica de un golpe no equivale a adquirir competencia general en defensa personal.
Ésa es una diferencia que considero fundamental.
Puedo enseñar a alguien a conducir el coche hacia delante, cambiar de marcha y frenar en un aparcamiento en muy poco tiempo.
Eso no significa que esa persona esté preparada para conducir con lluvia intensa, de noche, entrando en una autopista llena de tráfico mientras otro vehículo invade su carril.
Los movimientos básicos son los mismos.
Lo que falta es experiencia.
En artes marciales ocurre algo parecido.
El kata tiene que entenderse correctamente
Llegamos entonces a otra pregunta frecuente: si una agresión real es imprevisible, ¿qué sentido tiene estudiar kata tradicionales?
Muchísimo, siempre que sepamos para qué sirven.
El kata no pretende decirnos exactamente cómo será una pelea futura.
Cuando estudiamos un kata estamos entrando en una situación previamente organizada para poder analizar determinados principios con precisión. Podemos estudiar qué ocurre con la distancia, cómo se rompe el equilibrio, dónde aparece un ángulo, qué reacción provoca un atemi, cuándo debemos desplazarnos y qué posibilidades aparecen después.
Si modificamos todo desde el primer momento no conseguimos estudiar nada con profundidad.
Primero necesitamos una referencia estable.
Después empezamos a moverla.
Esto es parecido a lo que ocurre cuando aprendemos un idioma. Al principio repetimos frases sencillas y estructuras gramaticales que probablemente nunca utilizaremos exactamente de la misma manera durante una conversación real.
No importa.
Esas estructuras nos están enseñando a construir el idioma.
Con el tiempo dejamos de repetir frases memorizadas y empezamos a hablar.
Con el kata sucede algo parecido.
Primero aprendemos la forma. Después buscamos lo que contiene la forma. Finalmente debemos ser capaces de movernos cuando la situación ya no coincide exactamente con ella.
James Wright Kancho lo ha explicado con bastante claridad al hablar precisamente de defensa personal. Reconoce que una dependencia excesiva del kata puede limitar la adaptabilidad y señala que en Kobukan las formas tradicionales se acompañan del estudio de sus aplicaciones tácticas y del trabajo contra compañeros que ofrecen resistencia.
Para mí ésta es una cuestión esencial.
Conservar la tradición no significa congelarla.
Atemi, kuzushi y control: no son compartimentos separados
Cuando un alumno empieza suele clasificar las cosas.
Ahora estamos haciendo golpes.
Ahora hacemos luxaciones.
Ahora hacemos proyecciones.
Con el tiempo debería empezar a desaparecer esa separación tan rígida.
Un atemi puede servir para golpear, naturalmente, pero también puede provocar una reacción, alterar la postura o crear el espacio que necesitábamos para movernos.
Una luxación no debería depender exclusivamente de retorcer una articulación hasta que el otro se rinda por dolor. Puede formar parte de un control de la estructura corporal completa.
Una proyección tampoco debería entenderse únicamente como la capacidad de levantar a alguien y tirarlo al suelo.
Muchas veces lo verdaderamente importante ha ocurrido antes de la proyección.
El equilibrio ya estaba comprometido.
Eso es kuzushi.
Cuando conseguimos que una persona corrija su postura, transfiera peso, gire, retroceda o se preocupe por otra amenaza, aparecen posibilidades que un segundo antes no existían.
Ésta es una de las grandes diferencias entre intentar imponer una técnica y aprender a trabajar con lo que está ocurriendo.
Si un alumno intenta forzar siempre su técnica preferida, tarde o temprano encontrará una persona capaz de impedirla.
En defensa personal no podemos permitirnos enamorarnos de una solución.
Tenemos que aprender a cambiar.
La defensa personal empieza mucho antes de luchar
Después de bastantes años entrenando uno llega a una conclusión que quizá no resulta especialmente atractiva para una película de artes marciales: una gran parte de la buena defensa personal consiste en no llegar al enfrentamiento físico.
Eso no significa tener miedo.
Significa entender las consecuencias.
Si observo que una situación se está deteriorando y puedo marcharme, marcharme puede ser la decisión técnicamente más correcta.
Si puedo evitar que una persona me cierre contra una pared simplemente cambiando mi posición antes de que la situación empeore, ya estoy utilizando conocimientos marciales.
Si puedo mantener una distancia segura mientras hablo, también.
Si percibo que alguien más está acercándose mientras toda mi atención estaba centrada en la persona que tengo delante, esa percepción puede ser mucho más importante que cualquier luxación que conozca.
El entrenamiento tradicional utiliza términos como metsuke, zanshin o shingan para estudiar distintas dimensiones de la percepción, la atención y la disposición mental. No necesitamos convertir estos conceptos en algo misterioso. Tienen una dimensión muy práctica cuando aprendemos a observar sin quedarnos atrapados únicamente en aquello que tenemos delante.
El alumno nuevo mira las manos.
Después empieza a mirar el cuerpo.
Con experiencia aprende poco a poco a percibir la situación.
Esa evolución necesita tiempo.
¿Y si el agresor es mucho más fuerte?
Entonces será más difícil.
Creo que hay que decirlo así de claro.
Hay demasiada publicidad marcial que promete que la técnica permite vencer siempre a una persona más grande y más fuerte.
La técnica ayuda muchísimo, pero la física continúa existiendo.
Si una persona pesa treinta kilos más que nosotros, es fuerte, está decidida a hacernos daño y además posee experiencia en combate, tenemos un problema serio independientemente del estilo que practiquemos.
El entrenamiento no hace desaparecer esa realidad.
Lo que intenta es mejorar nuestras posibilidades.
Aprendemos a no enfrentarnos innecesariamente a la fuerza en su mejor dirección, a utilizar ángulos, alterar el equilibrio, golpear cuando existe una oportunidad y mover nuestro cuerpo de una manera más eficiente.
Esto es muy diferente de afirmar que el tamaño deja de importar.
Importa.
También importan la velocidad, la edad, el estado físico, la sorpresa, el entorno y el número de personas implicadas.
Un buen instructor no debería esconder estas cosas a sus alumnos.
Al contrario, debería enseñárselas.
Cuanto mejor comprendamos las dificultades reales, menos probable será que adquiramos una falsa sensación de seguridad.
El entrenamiento con armas también cambia nuestra comprensión
Kobukan conserva además un importante trabajo con armas tradicionales. Entre las bases del programa encontramos rokushaku bōjutsu, hanbōjutsu y bikenjutsu, además del material propio de determinadas ryūha. El currículo oficial explica que este trabajo sirve también para desarrollar principios de distancia, timing y alineación corporal que se relacionan con el taijutsu.
A veces alguien pregunta qué utilidad puede tener estudiar una espada para la defensa personal moderna.
Si pensamos que el objetivo es llevar una espada por la calle, evidentemente hemos entendido mal el entrenamiento.
Las armas exageran determinadas cosas y precisamente por eso enseñan tanto.
Con una espada, un error de distancia deja de parecer pequeño.
Con un bō comprendemos muy rápidamente qué significa controlar espacio.
Con el hanbō estudiamos palancas, ángulos y relaciones corporales desde otro punto de vista.
Y todo entrenamiento serio con armas transmite además una lección que considero especialmente útil: cuando aparece un arma, la situación cambia de gravedad inmediatamente.
No hay lugar para fantasías.
Una persona armada puede causar lesiones graves en segundos, incluso aunque poseamos mucha experiencia.
Nuestra prioridad continúa siendo sobrevivir, no demostrar que nuestra técnica funciona.
¿En qué momento empieza entonces Kobukan a servir para defenderse?
Desde el primer día y, al mismo tiempo, nunca terminamos de aprender.
Puede parecer una contradicción, pero no lo es.
Desde las primeras clases un alumno puede empezar a colocarse mejor, desplazarse mejor, proteger su equilibrio, caer de una manera más segura y comprender que dejar acercarse demasiado a una persona tiene consecuencias.
Todo eso ya mejora sus recursos.
Después de varios meses tendrá más herramientas.
Después de varios años debería tener una comprensión mucho más profunda.
Pero no existe un día concreto en el calendario en el que podamos decir: «A partir de hoy ya sabes defensa personal».
El aprendizaje marcial no funciona así.
De hecho, la experiencia suele producir un efecto curioso. Los principiantes a veces tienen mucha confianza porque han aprendido unas cuantas técnicas. Después entrenan con personas diferentes, encuentran resistencia, ven fallar cosas que creían seguras y descubren la cantidad de variables que existen.
Parece que saben menos.
En realidad están empezando a comprender.
Con los años recuperan la confianza, pero es una confianza diferente. Ya no procede de pensar que tienen una respuesta para todo. Procede de haber vivido muchas situaciones dentro del entrenamiento y haber aprendido a adaptarse cuando la primera idea no funciona.
Para mí, ésa es una confianza mucho más útil.
Lo que buscamos en Kobukan
Si tuviera que explicar a una persona interesada qué relación existe entre Kobukan Kobudō y la defensa personal, no empezaría enumerando técnicas.
Le diría que nuestro propósito es formar progresivamente un cuerpo y una mente capaces de funcionar mejor cuando existe conflicto.
Aprendemos las formas tradicionales porque contienen principios y estrategias que merece la pena preservar. Las estudiamos con precisión porque antes de modificar algo debemos conocer aquello que estamos modificando. Pero después tenemos que trabajar con esas enseñanzas, probarlas, cambiar distancias, trabajar con personas distintas y permitir que aparezcan dificultades.
Una técnica que solamente funciona cuando uke sabe exactamente qué tiene que hacer todavía no está terminada.
Y una técnica que falla bajo resistencia tampoco tiene por qué ser inútil. Puede estar mostrándonos precisamente aquello que todavía no comprendemos.
Muchas de las mejores lecciones del dōjō aparecen cuando algo no funciona.
El alumno tira y uke no se mueve.
Perfecto.
Ahora tenemos algo que estudiar.
Quizá la distancia está mal. Quizá está utilizando los brazos. Quizá ha perdido su propio equilibrio. Quizá intenta aplicar la técnica después de que la oportunidad haya desaparecido.
Eso es entrenamiento.
No necesitamos fingir que todo funciona.
Necesitamos descubrir por qué funciona cuando funciona y por qué deja de hacerlo cuando cambian las circunstancias.
Entonces, ¿sirve Kobukan Kobudō para defensa personal?
Sí, sin duda puede servir, siempre que entendamos correctamente qué estamos entrenando.
No porque nos proporcione una lista mágica de respuestas para cualquier agresión, sino porque desarrolla herramientas que tienen una relación directa con la capacidad de protegernos: postura, movilidad, equilibrio, distancia, percepción, golpeo, liberaciones, controles, proyecciones, ukemi, adaptación y experiencia trabajando con otra persona.
Pero sería irresponsable prometer que alguien aprenderá todo eso en seis semanas, tres meses o mediante unos cuantos seminarios.
Podemos enseñar técnicas rápidamente.
Podemos transmitir información rápidamente.
Lo que no podemos acelerar artificialmente es la experiencia.
El cuerpo necesita repetir.
La percepción necesita comparar situaciones.
La técnica necesita encontrarse con personas diferentes.
El alumno necesita cometer errores.
Tiene que sentir resistencia.
Tiene que descubrir cuándo está utilizando demasiada fuerza y cuándo se ha quedado demasiado cerca. Tiene que aprender que algunas técnicas que parecen fáciles con un compañero son mucho más difíciles con otro. Tiene que acostumbrarse poco a poco a que las cosas no ocurran exactamente como esperaba.
Todo eso necesita entrenamiento continuado.
Por esta razón nunca me ha gustado presentar la defensa personal como un producto que se compra en un determinado número de semanas.
El profesor puede abrir la puerta, enseñar el camino y proporcionar herramientas desde la primera clase. Después hay que caminar.
Con el tiempo sucede algo interesante. El alumno deja de pensar constantemente en técnicas concretas. Su postura cambia. Su manera de desplazarse cambia. Empieza a notar antes cuándo está demasiado cerca. Reconoce desequilibrios que antes no veía y, cuando una acción no funciona, encuentra otra sin quedarse detenido intentando recordar qué venía después.
Ése es el momento en que empezamos a ver que el entrenamiento ha penetrado más profundamente.
No porque el alumno se haya convertido en alguien invencible. Eso no existe.
Sino porque dispone de más recursos, comprende mejor sus limitaciones y toma decisiones con una experiencia que antes no tenía.
Para mí ése es uno de los objetivos más importantes de Kobukan Kobudō.
No formar personas que crean que pueden ganar cualquier pelea, sino practicantes que comprendan cada vez mejor el conflicto, sepan evitarlo cuando sea posible y tengan herramientas para actuar cuando realmente no quede otra alternativa.
Después de muchos años en las artes marciales, quizás ésta sea la respuesta más sencilla que puedo dar a la pregunta inicial.
Sí, Kobukan Kobudō sirve para defensa personal. Pero la defensa personal no es una técnica ni un curso. Es una capacidad que se construye con entrenamiento, experiencia, adaptación y tiempo.





